Tarde o temprano o nunca jamás

¡Hola! ¿Qué tal están?

En esta entrada me propongo ofrecerles un relato de Gary Jennings (1928-1999), el mismo autor de la estupenda novela Azteca. El relato en cuestión se titula Tarde o temprano o nunca jamás, como por otro lado lo da a entender el título de este texto, y es uno de los más divertidos alguna vez escritos según mi modesta opinión. Pero de eso podrán juzgar ustedes mismos al disfrutar su lectura, y seguro que se reirán mucho por su contenido revelador y lleno de humor acerca de las misiones religiosas en lugares atrasados del planeta.

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La tribu de los anula, al nordeste de Australia, asocia el pájaro-dólar con la lluvia, hasta llegar a llamarlo el pájaro de la lluvia. El hombre que tiene ese pájaro como su tótem puede hacer llover en una charca determinada. Toma una serpiente, la introduce viva en la charca y, tras tenerla sumergida en el agua cierto tiempo, la saca, la mata y la deposita junto al lecho del río que quiere llenar de agua. Luego fabrica un haz en forma de arco con tallos de hierba en imitación del arcoíris y lo coloca sobre la serpiente. Después, lo único que hace es cantar sobre la serpiente y el arcoíris de hierbas; tarde o temprano, la lluvia caerá.

Sir James Frazer

La rama dorada

Reverendísimo Orville Dismey

Deán de Vocaciones Misioneras

Colegio Protestante Southern Primitive

Grobian, Virginia

Reverendísimo señor:

Ha pasado muchísimo tiempo desde que nos despedimos, pero la cita de Frazer quizá le ayude a recordarme: Soy Crispin Mobey, su antiguo alumno en el querido y añorado SoPrim. Como sea que se me ha ocurrido que quizás haya oído usted sólo un relato superficial sobre mis actividades en Australia, le envío la presente para que así tenga un informe completo.

Por ejemplo, debo en primer lugar refutar cualquier información que haya podido llegar a su conocimiento procedente del Sínodo del Pacífico de los Protestantes Primitivos sobre que la misión que he desarrollado entre la tribu de los anulas no haya tenido ningún éxito digno de mención. Si en algo he ayudado a que los anulas se alejen de los sortilegios paganos -y este es un hecho cierto-, creo que habré contribuido sin duda a acercarlos mucho más a la palabra de Dios, y que mi misión habrá valido lo que costó.

Asimismo, para mí ha representado la realización de un sueño acariciado toda mi vida. Ya de niño, en Dreer, Virginia, me veía como un futuro misionero que recorrería los rincones más atrasados y faltos de luz de este mundo, y toda mi vida me comporté de modo que pudiera llegar a realizar plenamente la visión que llevaba en mi interior. Entre los jóvenes más incultos y rudos de Dreer a menudo se me llamaba, con una especie de respetuosa actitud, “ese Cristo Mobey”. Yo, con toda la humildad del mundo, deploraba el hecho de que me pusieran en tal pedestal.

Pero cuando entré en los sagrados muros del Colegio Southern Primitive mis, hasta aquel momento, vagas aspiraciones encontraron su verdadera dirección. Fue durante el último curso en mi querido y añorado SoPrim cuando descubrí el compendio antropológico en doce volúmenes “La rama dorada”, escrito por Sir James Frazer, en el que se hallaba un relato sobre la pobre y abandonada tribu de los anula. Hice unas investigaciones y descubrí para alegría mía que la mencionada tribu existía todavía en Australia, y que estaba aún tan desgraciadamente necesitada de la Salvación como lo había estado en la época en que Frazer escribiera sobre ella, y que tampoco había acudido nunca ninguna misión de los Protestantes Primitivos a redimir a aquellas pobres almas. Era incuestionable, me dije a mí mismo, que la necesidad, la oportunidad y el hombre se conjugaban milagrosamente. Entonces empecé a presionar para conseguir que el Consejo Misional me concediera el permiso para el adoctrinamiento de los olvidados anulas.

No fue asunto fácil. Los regidores se quejaron de que estaba a punto de sufrir un fracaso catastrófico en asignaturas básicas de la carrera eclesiástica tales como Gerencia de Ofertorios, Histriónica o Canto Nasal. Pero usted, deán Dismey, vino en mi ayuda. Recuerdo todavía la discusión que tuvo usted por mí: “Efectivamente, las notas académicas de Mobey tienden a la C, pero tengamos la bondad de ponerle una C de celo, más que de cero, y otorguémosle su petición. Sería un crimen, caballeros, que no enviáramos a Crispin Mobey al Outback australiano”.

Creo que el presente informe sobre mi misión demostrará que la fe que depositó usted en mí, deán Dismey, no estaba fuera de lugar. Diré, modestamente, que durante mis viajes por la gran isla fui descrito en multitud de ocasiones como «el verdadero retrato de un misionero».

Hubiera de buena voluntad aceptado trabajar para costearme el pasaje a Australia e internarme en el Outback con mis propios recursos, e incluso vivir en el mismo estado primitivo que mi grey mientras les enseñaba la palabra de Dios. En lugar de ello, quedé muy sorprendido al encontrar una generosa aportación que la Fundación Mundial de Misiones ponía a mi disposición; era, de hecho, demasiado generosa, pues todo lo que pretendía llevar conmigo eran algunos abalorios y cuentas.

—¡Lentejuelas! —exclamó el tesorero de buró de Misiones cuando presenté la solicitud—. ¿Pretende usted gastarse toda la ayuda económica en cuentas de cristal?

Intenté explicarle lo que había aprendido por mis lecturas. Los aborígenes australianos, si lo había entendido bien, son la gente más primitiva de la tierra. Son un resto viviente de la Edad de Piedra y no han llegado en la escala evolutiva ni a desarrollar el arco y las flechas.

—Mi querido muchacho —dijo amablemente el tesorero—, las cuentas y abalorios son de la época de Stanley y Livingstone. Le iría mucho mejor llevarse un carro de golf eléctrico para el jefe y pantallas de lámpara para sus esposas… Las usan como sombreros ¿sabe?

—Los anulas no han oído hablar del golf, ni llevan sombreros. En realidad, no llevan nada en absoluto.

—Todos los mejores misioneros —dijo con tono bastante frío el tesorero— están locos por las pantallas…

—Los anulas son prácticamente cavernícolas —insistí yo—. No tienen cucharas, ni lenguaje escrito. Tienen que ser educados partiendo de poco más que un mono. Quiero llevarme las lentejuelas para captar su interés, para mostrarles que soy amigo suyo.

—El rape siempre es bien recibido —intentó mi interlocutor como último recurso.

—Lentejuelas —repuse con firmeza.

Como podría usted deducir de las facturas, mi asignación cubrió una tremenda cantidad de abalorios multicolores de cristal. En realidad debería haber esperado a comprarlas en Australia y evitarme así la excesiva factura por el trasporte, pues llenaron un contenedor entero del barco con el que partí de Norfolk aquel día de junio.

Al llegar a Sydney, trasladé la carga a un almacén de la zona portuaria de Woolloomoolloo y me presenté de inmediato al obispo de zona de nuestra Iglesia, monseñor Shagnasty (quien gusta llamarse a sí mismo con todo el título de su autoridad, cosa comprensible si tenemos en cuenta que durante la guerra fue capellán de la Marina). Encontré a aquel augusto caballero, tras una serie de preguntas y averiguaciones, en el local social de la Unión de Angloparlantes.

—Esto es una fortaleza, un refugio entre estos australes —me dijo—. ¿Me acompañará a tomar uno de estos deliciosos brebajes?

Decliné la invitación y empecé a explicarle el propósito de mi visita.

—¿Así que va a ver a los anulas, eh? ¿A los territorios del Norte? —dijo al tiempo que asentía juiciosamente—. Una magnífica elección. Es un territorio virgen. Encontrará buena pesca.

Una magnífica metáfora.

—A eso es a lo que vine, señor —dije con todo entusiasmo.

—Sí —musitó él—. Allí perdí un cochero real en el río Roper, hará unos tres años.

—¡Dios se apiade de mí! —exclamé yo, horrorizado—. No sabía que esos pobres paganos fueran hostiles. Si incluso uno de los propios cocheros de la reina…

—¡No, no, no! ¡Hablaba de un anzuelo para truchas! —exclamó. Se quedó mirándome y prosiguió—. Empiezo a comprender por qué le han enviado al Outback. Supongo que deseará partir inmediatamente hacia el Norte, ¿no?

—Antes de partir desearía aprender el lenguaje de los nativos —repuse—. Los de la academia Berlitz de Richmond me contaron que podía estudiar la lengua anula en su delegación aquí, en Sydney.

El día siguiente, cuando localicé la escuela Berlitz, descubrí para mi desgracia que antes tendría que aprender alemán. El único maestro de lengua anula era un sacerdote melancólico y ensotanado que pertenecía a una orden de católicos alemanes. El hombre había sido misionero también durante una parte de su vida y no hablaba inglés casi en absoluto.

Durante tres meses me dediqué sin descanso y con gran energía a aprender un poco de alemán (mientras se amontonaban las facturas por el almacenamiento de las lentejuelas) antes de empezar a aprender del ex sacerdote el lenguaje anula. Herr Krapp, así se llamaba el sacerdote. Como puede usted imaginarse, deán, yo me mantenía en guardia contra cualquier sutil propaganda papista que pudiera intentar colarme durante las lecciones, pero lo único que encontré extraño fue que todas las palabras y frases anulas que parecía saber Herr Krapp consistían principalmente en frases y palabras cariñosas. Con frecuencia le oía murmurar casi descorazonado, y en su propio idioma, «Ach, das liebenwerte schwarze Madchen», tras lo cual siempre se relamía los labios.

A finales de setiembre Herr Krapp me había enseñado todo lo que sabía, y ya no hubo excusa para retrasar más mi salida hacia el Outback. Alquilé un par de conductores y dos camiones que me llevaron a mí y a mis lentejuelas. Además disponía de una pequeña tienda de campaña muy anticuada y propia de los misioneros, y todo mi equipaje consistía en un Nuevo Testamento, las gafas, el diccionario inglés-alemán, la edición en un volumen de “La rama dorada” y un libro de texto sobre el lenguaje nativo, “Die Gliederung der australischen Sprachen”, de W. Schmidt.

Luego acudí a despedirme del obispo Shagnasty. Le encontré otra vez, o todavía, en la Unión de Angloparlantes, acodado en la barra.

—¿De regreso del campo, verdad? —me saludó—. Tómese un stingaree. ¿Qué tal esos negritos?

Intenté explicarle que todavía no me había marchado, pero me interrumpió para presentarme a un caballero de aspecto militar que estaba junto a él.

—El mayor Mashworm es el Encargado de Protección de los Aborígenes. Seguro que le interesará mucho escuchar lo que usted haya visto entre esos negritos, pues me parece que éste es el lugar más cercano al Outback que ha pisado el mayor en su vida.

Estreché la mano del mayor y le expliqué que todavía no había visto a sus queridos negritos, pero que esperaba hacerlo en un breve plazo.

—¡Vaya, otro yanqui! —dijo tan pronto como me oyó hablar.

—¡Señor! —dije yo, enojado—. ¡Yo soy sureño!

—¡Claro, claro! —repuso, como si no tuviera ninguna importancia—. ¿Se ha circuncidado usted?

—¡Señor mío! —rugí—. ¡Soy cristiano!

—Por supuesto. En fin, si quiere llegar a alguna parte con las tribus aborígenes, tiene que circuncidarse o no le aceptarán como individuo adulto. El brujo curandero aborigen le someterá a la operación, si es necesario, pero me imagino que preferirá que se la hagan en un hospital. La ceremonia nativa también consiste en sacarle a golpes uno o dos dientes incisivos, y luego abandonar el poblado y vivir sin acercarse a nadie hasta que haya sanado.

Si hubiera sabido esto de los anulas desde el principio, mi celo podría haber sido menor, pero habiendo llegado hasta allí, no vi nada que me impidiera someterme a la operación. A pesar de todo, debió advertírseme la situación mucho antes, y así hubiera estado listo en el momento en que terminara el estudio del idioma. En aquel momento ya no podía retrasar por más tiempo la partida hacia el Norte. Así pues, fui operado aquella misma noche en Sydney Mercy por un incrédulo doctor y dos enfermeras que no podían disimular su jolgorio, e inmediatamente después salí con mi pequeña caravana a la carretera.

El viaje fue una auténtica agonía, una maratón de dificultades. Durante la convalecencia era obligado a llevar un molesto artilugio, mezcla de entabillado y braguero, que era imposible de esconder ni siquiera bajo un mackintosh varios números mayor que mi talla. No quiero relatar las numerosas humillaciones que me asediaron en los puntos finales de etapa de nuestro camino. Sin embargo, usted se hará una pequeña idea, reverendísima, si se imagina en mi tiernísima situación, montado en un camión reliquia de la guerra mal conservado por una carretera prácticamente inexistente, en viaje de Richmond al Gran Cañón.

Todo el vasto interior de Australia se conoce generalmente por el Despoblado, el Outback. Sin embargo, el territorio del Note adonde me dirigía está aún más allá del Outback, y se conoce entre los australianos como la Tierra de Nunca Jamás. Es un territorio del tamaño de Alaska, pero tiene tanta gente exactamente como mi pueblo natal de Dreer, Virginia. Los territorios de la tribu anula se hallan en el extremo norte de esa Tierra de Nunca Jamás, en la meseta de Barkley, entre la zona de arbustos y las marismas tropicales del golfo de Carpentaria, a casi cuatro mil terribles kilómetros de mi punto de partida en Sydney.

La ciudad de Cloncurry (1995 habitantes) fue nuestro último vistazo auténtico a la humanidad. Para ilustrar mis palabras, le diré que la siguiente población que tocamos, Dobbyn, tenía un número de habitantes de unos cero, y el último lugar que tiene nombre en aquellas tierras salvajes de Nunca Jamás, Brunette Downs, tenía una población de menos algo.

Allí fue donde me dejaron mis conductores, tal como habíamos acordado al salir. Era el último punto donde podían tener alguna posibilidad de que alguien les recogiera y les devolviese a la civilización. Me indicaron la dirección que debía tomar a partir de allí y reanudé mi peregrinación a lo desconocido llevando yo mismo uno de los camiones y dejando el otro en Brunette Downs para cuando hubiera necesidad.

Los conductores me dijeron que finalmente me encontraría con una estación experimental dedicada a la agricultura donde los funcionarios me darían indicaciones sobre el lugar en que habían sido vistos por última vez los nómadas anulas. Sin embargo, cuando llegué allí una tarde a última hora encontré un lugar desierto, salvo unos cuantos lánguidos canguros y una arrugada y patilluda rata del desierto que salió corriendo con un extraño grito de bienvenida.

—¡Jooo…! ¿Y pues? ¿Y pues? Dios, es increíble encontrarse a un maldito tipo nuevo husmeando por aquí, maldito Dios.

(No vaya usted a horrorizarse por esta última expresión, deán. Al principio, enrojecí ante las aparentes blasfemias y obscenidades que acostumbran a emplear los australianos empezando por Mashworm y siguiendo por todos los demás. Después me di cuenta de que utilizaban aquellas locuciones de un modo tan espontáneo e inocente como la puntuación. Al ser así esta forma coloquial de diálogo, nunca he llegado a distinguir con claridad cuándo debo enrojecer ante una palabrota, cuándo es deliberada o no, pues no sé cuáles son las realmente ofensivas. Por ello, antes que tratar de censurar o cambiar por eufemismos cada frase que murmuraba aquel hombre, me limitaré a relatar las conversaciones al pie de la letra y sin más comentarios).

—¡Bueno, apalanca un poco tu culo, tipo! Tengo la manduca en el fuego. Nos partiremos una torta y nos montaremos una buena juerga, ¿qué dices?

—¿Cómo está usted? —intenté intervenir.

—¡Oh, vaya! ¡Un yanqui! —exclamó, sorprendido.

—¡Señor! —dije en tono digno—. ¡Sepa usted que soy virginiano!

—¿En serio? Pues si estás buscando perder la virtud estás en un lugar condenadamente jodido. No hay un solo chochito a quinientos kilómetros a la redonda, como no sea que quieras ir de juerga con una cabra.

Todo aquello no tenía para mí ningún sentido, así que cambié de tema y me presenté.

—¡Mierda! Otro fastidioso Hermano. Tendría que haberlo adivinado cuando me anunció que era virgen. Ahora tendré que cuidarme la jodida lengua.

Si realmente “cuidó” su modo de hablar, no noté que lo hiciera de un modo apreciable. Me repitió varias veces una propuesta que sonó a obscena antes de que comprendiera que se trataba de una invitación a tomar una taza de té (“enrollarse con Betty Lee”) con él. Mientras tomábamos el té, preparado sobre un fuego de ramas, me contó cosas de él. Al menos supongo que era eso de lo que hablaba, aunque todo lo que saqué en claro fue que se llamaba McCubby.

—He estado haciendo una excursión por el campo buscando wolframio, pero mi rumiante se jodió las patas y me encontré en una buena colgada. Por eso apalanqué mi paquete aquí en la estación experimental y esperé una matrícula, un colono, quien fuera, aunque fuera un maldito cazador de dingos. Pero no funcionó, y estaba ya seco como un hueso cuando asomaste el morro.

—¿Y qué está haciendo aquí?

—Ya dije, estaba buscando el wolframio.

—Vaya, tienen ustedes tantos animales extraños aquí en Australia —dije en son de disculpa—. Nunca había oído hablar de éste.

Con un aire de sospecha en la mirada me aclaró:

—El wolframio es el mineral del tungsteno.

—Hablando de la fauna australiana —respondí—, ¿podría decirme qué es un pájaro-dólar?

(El pájaro-dólar, recordará usted, señor, es el agente totémico que mencionara Frazer en su relato de la ceremonia de la lluvia. Había llegado hasta allí sin lograr descubrir qué era un pájaro-dólar.)

—No es ningún fauno —dijo McCubby—. Y puede alegrarse de que así sea. Fue un pájaro-dólar el que se echó una tifa en su guardacocos.

—¿Qué?

—Sigo olvidándome de que es un recién llegado —suspiró—. El guardacocos es el sombrero. Un pájaro-dólar ha pasado sobre usted y ha dejado caer algo…

Me quité el sombrero y lo limpié con un patojo de hierba seca.

—El pájaro-dólar —prosiguió en tono pedante McCubby— es llamado así por la mancha circular de color plateado que tienen sus alas extendidas.

—Gracias —dije yo, para a continuación empezar a contarle cómo aquel pájaro había inspirado mi misión entre los aborígenes…

—¡Los aborígenes! —gritó McCubby—. Y yo que había creído que iba a predicarles a los estúpidos roncadores de Darwin. Presumo que todo el resto de la humanidad se ha hecho ya cristiana para que Dios se ponga a rascar el tonel y quiera convertir a esos negros también.

—Lamentablemente, no es así —dije—. Pero los aborígenes tienen tanto derecho como los demás a aprender la Divina Palabra. A aprender que sus dioses paganos son ilusorios demonios que les tientan y les llevan al fuego del infierno.

—Mire, reverendo, esos tipos esperan llegar al infierno —dijo McCubby—, que no puede ser sino una mejora sobre el Nunca Jamás. ¿Es que no tienen todavía suficiente desgracia sin que usted se les acerque para castigarlos con el rollo de la religión?

—La religión es la savia —dije yo, citando a William Penn— que penetra en el árbol de la vida hasta las ramas más lejanas.

—Parece que les esté trayendo usted a los binguis toda una catedral —dijo McCubby —. ¿Qué clase de mejunjes les lleva en el carro?

—Lentejuelas —dije yo—. Nada más que lentejuelas.

—Lentejuelas, ¿eh? —repuso, dirigiendo una mirada al enorme camión—. Debe de ser un gran amante de los cuescos sonoros.

Antes de que pudiera corregir su equívoco, se subió a la parte de atrás del vehículo y empezó a abrir puertas. El remolque estaba repleto de las baratijas hasta el techo, sin envoltorio alguno. Por supuesto, se encontró inmediatamente atrapado por la avalancha que se le vino encima, al tiempo que varios miles de cuentas inundaban una buena zona de la llanura en que estábamos; muchas de ellas se esparcieron brillantes hasta formar como una nube cada vez más sutil alrededor de la masa principal. Un rato después, apartado el montón formado bajo el vehículo, apareció entre blasfemias la cabeza peluda de McCubby.

—Mire lo que ha hecho —dije, con una exasperación bien justificada.

—Por todos los diablos —repuso él—. Es la primera vez que las lentejas casi me ahogan.

Recogió una de las cuentas, la probó con los dientes y dijo:

—Le harían daño hasta a un casuario, reverendo.

Luego la observó más detenidamente y se me quedó mirando desde el otro lado del montón, al tiempo que se sacaba de todos los pliegues y bolsillos los cristales que le quedaban.

—Mire, hijo —prosiguió—, alguien se la ha dado a usted con queso. Lo que tiene ahí no son lentejas, sino pedazos de cristal.

Me temo que le contesté con un ladrido.

—¡Ya lo sé! ¡Son para los nativos!

Me miró, demudado. Se volvió, todavía sin expresión en el rostro, y miró poco a poco la brillante extensión que parecía llegar hasta el horizonte por todas direcciones.

—¿Y de qué religión dice que es? —preguntó con cautela.

Le ignoré.

—Bueno —suspiró—. No tiene sentido que nos pongamos a recogerlas antes del amanecer. ¿Le importa si acampo aquí hasta mañana?

Durante la noche me despertó en varias ocasiones un ruido horrible y crujiente en la zona extrema del mar de cristal donde nos hallábamos, pero, al ver que McCubby no se inmutaba, intenté que tal sonido no me perturbara.

Nos levantamos con el sol, y toda la parte del mundo en que nos hallábamos brillaba “como la puñetera tierra de Hoz”, según McCubby. Tras el desayuno me dediqué a la labor, digna de Hércules, de recoger toda la mercancía con una pala oxidada que hallé en una caseta derruida de la estación. McCubby me abandonó un rato para deslizarse por encima de las lentejuelas hasta donde ya casi no había. Cuando volvió, sonreía de felicidad con toda una brazada de jirones de piel sanguinolentos.

—Son pieles de dingo —rió con gran satisfacción—. Valen cada una un pavo de prima. Reverendo, igual ha cambiado el curso de todo este maldito continente. Por ahí está repleto de cadáveres de dingos, conejos y ratas de arena que han estado intentando digerir sus baratijas. ¡Bien, mierda!

Se sentía tan contento ante el repentino golpe de su suerte que aún volvió a por otra carga y luego me ayudó a recoger las que quedaban. Para cuando tuvimos cargado el camión era ya casi de noche otra vez, y solo habíamos logrado recoger la mitad de lo que había caído. El terreno que rodeaba la estación experimental parecía todavía Disneylandia.

—Bueno —dije en tono filosófico—. Menos mal que todavía tengo otro camión bien cargado en Brunette Downs.

McCubby pegó un salto, se me quedó mirando y se fue murmurando para el cuello de su camisa.

La mañana siguiente me enteré de los últimos detalles que me interesaban para la piadosa misión que me había impuesto. McCubby me contó que se había encontrado con la tribu anula en el viaje que le llevara a la estación. Estaban acampados en un pequeño grupo de acacias, dijo, y se dedicaban a escarbar en busca de bulbos y raíces, la única comida que podían encontrar en la estación seca.

Y allí les encontré, precisamente al anochecer. La tribu entera no tendría más de setenta y cinco almas, cada una de ella más inquietante que la anterior. Si no hubiera sabido de la desoladora necesidad que tenían de mí, me hubiera echado atrás. Los hombres eran tipos de hombros cuadrados y anchos, de color negro cobrizo, con unas barbas aún más negras y una cabellera que peinaban alrededor de sus frentes huidizas, con ojos taciturnos y una nariz chata con el hueso agujereado. Las mujeres tenían más cabello y no llevaban barba. Sus pechos colgaban fláccidos y vacíos de los cuerpos como si fueran un par de medallas allí colgadas. Los hombres llevaban solamente una especie de correajes en la cintura, de los que colgaban los boomerangs, los palos de música, los plumas de honor y cosas parecidas. Las mujeres llevaban nagas, una especie de falditas de cortezas vegetales. Los niños iban con baberos.

Alzaron la cabeza con semblantes sombríos cuando paré el camión. No tenía constancia alguna de ser bienvenido ni tampoco hallaba gesto alguno de hostilidad. Me subí al capó del camión y grité en su lengua:

—¡Hijos míos, venid a mí! ¡Os traigo una buena nueva que os llenará de alegría!

Algunos de los niños se acercaron un poco más y se me quedaron mirando extasiados. Las mujeres volvieron a su búsqueda de raíces entre las acacias con sus varas de ñame. Los hombres continuaron simplemente sin hacer nada. Pensé que todos eran muy tímidos y que nadie quería ser el primero.

En vista de ello, di unas zancadas hacia el centro del grupo y tomé del brazo a un adulto arrugado y dotado de una barba blanca y larga. Le empujé hacia la cabina del camión, abrí la trampilla que daba acceso al remolque y forcé al viejo a que metiera la mano en el interior, a lo que se resistía. Por fin la sacó con un puñado de polvo y una lentejuela verde, a la vista de la cual parpadeó con perplejidad.

Como esperaba, la curiosidad hizo que se acercara el resto de la tribu.

—¡Hay muchas para todo el mundo, hijos míos! —les grité en su idioma.

Tiré de ellos, les empujé, y uno a uno les fui obligando a subir a la cabina. Con gran obediencia fueron alargando el brazo por la trampilla, tomaron un cristal cada uno y regresaron a sus ocupaciones como si afortunadamente la ceremonia hubiera concluido.

—¿Qué sucede? —le pregunté a una joven vergonzosa, la última del desfile y la única que había tomado dos cristales—. ¿Es que estas preciosas maravillas no gustan a nadie?

La chica bajó la cabeza como si se sintiera culpable, dejó una de las lentejuelas y escurrió el bulto.

Yo me sentí pasmado ante aquella falta de entusiasmo. En aquellos momentos, los anulas tenían una pieza cada uno, y yo alrededor de seiscientos mil millones.

Empecé a sospechar que algo andaba mal, lo que pude comprobar al colocarme entre ellos y escuchar su conversación, furtiva y secreta. No entendía una sola palabra. «horror», pensé. Si no podíamos comunicarnos no habría esperanza de que llegaran a aceptar los cristales… ni mi presencia… ni la del Evangelio. ¿Acaso me había topado con otra tribu, o es que deliberadamente hacían ver que no me comprendían y hablaban entre ellos en argot para que no supiera lo que decían?

Había una manera de descubrirlo, y la puse en práctica sin más. Di la vuelta con el camión y regresé atropelladamente hacia la estación, con la esperanza de que McCubby no se hubiera marchado aún.

En efecto, allí estaba. Los perros salvajes seguían suicidándose en masa por el sistema de comerse los cristales, y McCubby no proyectaba marcharse hasta que se agotara aquel magnífico negocio. Cuando llegué a la estación se levantaba el sol, y le encontré ocupado en la recogida de los cadáveres de aquella noche. Salté del camión y le expliqué el problema en que me encontraba.

—Ni yo les entiendo a ellos, ni ellos a mí. Antes se ufanó usted de que conocía la mayor parte de lenguas aborígenes. ¿Qué hago mal, dígame? —Le solté una frase en anula y luego le pregunté con gran ansiedad—. ¿Lo ha entendido usted?

—Cojonudamente —respondió—. Me acaba de ofrecer treinta pfennings para que meta mi negro culo en la cama con usted. Sucio bastardo —añadió.

Yo le rogué, un tanto desconcertado:

—No tiene importancia lo que dijera. ¿Qué es lo que falla? ¿Es mala mi pronunciación?

—No, no. Chamulla usted un pitjantjatjara perfecto.

—¿Qué?

—Que es un idioma considerablemente diferente del anula. Los anula tienen nueve clases distintos de nombres. El singular, el dual, el trial y el plural se expresan mediante prefijos que se colocan a los pronombres. Los verbos transitivos incluyen los pronombres con la función de complemento directo. Los verbos tienen gran cantidad de tiempos y modos y también poseen una conjugación negativa diferente de las demás.

—¿Qué?

—En cambio, en la lengua pitjantjatjara, los sufijos que indican el pronombre personal se colocan al final de la primera palabra de la frase, y no simplemente tras la raíz verbal.

—¿Qué?

—No quiero reírme de sus logros lingüísticos, compañero, pero el pitjantjatjara, aunque tenga cuatro declinaciones y cuatro conjugaciones, está considerado el menos complicado de todos los malditos dialectos australoides.

Me había quedado sin habla.

—¿Cuántos son treinta pfennings en peniques y chelines? —me preguntó finalmente McCubby.

—Quizá sea mejor —murmuré pensativo— que dirija mis esfuerzos evangelizadores a la tribu pitjantjatjára, visto que conozco su lengua.

McCubby se encogió de hombros.

—Esos tipos viven en el quinto coño, al otro lado del Gran Desierto de Arena, y no son pacíficos recolectores de raíces como estos anulas. Ahora están todos liados con el pastoreo y el arreo de animales en las estaciones ganaderas de ovejas merinas de la bahía de los Tiburones. Además, sus curas harían lo posible por convertirle a usted a su religión, y seguro que eso no le gustaría, porque son sus odiados católicos.

Bueno, al menos aquello tenía sentido, y yo empezaba a comprender por qué Herr Krapp me había confundido de aquella manera.

Mi siguiente movimiento estaba clarísimo: tomé como intérprete a McCubby para que me ayudara a entenderme con los anulas. Al principio se negó. La bolsa de gastos que me habían otorgado estaba por aquel entonces tan vacía que no podía ofrecerle una cantidad lo bastante elevada para tentarle y alejarle de su floreciente negocio con las pieles de dingo. Finalmente, pensé en ofrecerle todos los cristales que tenía en el segundo camión, “suficiente para acabar con todos los dingos del Outback”, según le expliqué. Aquello le convenció para dejar sus ocupaciones y tomar el volante (pues yo estaba mortalmente cansado de conducir). A continuación salimos de nuevo hacia el territorio anula.

Por el camino le conté a McCubby la manera en que tenía pensado introducir a los aborígenes al moderno protestantismo primitivo. Le leí en voz alta el párrafo de Sir James Frazer referente a la invocación a la lluvia:

“Y después de eso lo único que hace es cantar sobre la serpiente y el arcoíris de hierbas…”

—¡Lo único que hace! —gritó McCubby.

“Tarde o temprano, la lluvia caerá” —terminé, cerrando el libro—. Y ahí es donde entro yo. Si la lluvia no cae, los nativos verán claramente que su magia no funciona y yo podré lograr que sus ojos se vuelvan con interés hacia la cristiandad. Si la lluvia cayera, simplemente les explicaría que a quien en realidad dirigían sus plegarias, aunque no lo supieran era al verdadero Dios, el de los protestantes, y que el pájaro de la lluvia no tenía nada que ver en el asunto.

—¿Y cómo pretende convencerles para que monten el aquelarre con el pájaro de la lluvia?

—Cielos, lo más seguro es que lo hagan todos los días. El buen Dios sabe lo mucho que necesitan el agua. Todo este territorio está quemado y cruje como el papel.

—Si realmente llega a llover —murmuró con tono cavernoso McCubby—, vaya, hasta yo me pondré de rodillas.

Desafortunadamente, no podía suponer por aquel entonces qué quería decir con aquello.

La recepción en el campamento anula fue bastante distinta esta vez. Los aborígenes se acercaron corriendo para dar la bienvenida a McCubby; tres de las muchachas más jóvenes parecieron alegrarse especialmente de su llegada.

—¡Ah, mis queridas pollitas! —les dijo él en tono afectuoso. Luego, tras una pequeña charla con los más ancianos de la tribu, me dijo—. Quieren ofrecerle una lubra a usted también, reverendo.

Una lubra es una hembra, y yo había previsto ya aquella oferta de hospitalidad, pues sabía que era una costumbre entre los anulas. Le pedí a McCubby que les explicara las razones de tipo religioso por las que no podía aceptar el ofrecimiento, y me fui a trabajar en el montaje de la tienda de campaña sobre un otero que dominaba el campamento de los nativos. Cuando me dispuse a entrar en ella, McCubby me preguntó:

—¿Ya se va a sobar?

—No, sólo voy a quitarme las ropas —respondí—. Donde fueres, haz lo que vieres. Mire a ver si me puede conseguir una de correas que se ponen en la cintura.

—¡Un misionero desnudo! —exclamó, escandalizado.

—Nuestra iglesia enseña que el cuerpo no significa nada —le contesté—. No es sino una máquina que contiene un alma. Además, creo que un verdadero misionero no debe colocarse nunca por encima de su rebaño en asuntos de vestir o de comportamiento social.

—Un verdadero misionero —dijo secamente McCubby— no tiene la piel de cocodrilo como estas gentes.

A pesar de sus observaciones, me trajo por fin una cinta manufacturada con crines. Me la até a la cintura y coloqué en ella el Nuevo Testamento, un peine de bolsillo y el estuche de las gafas.

Cuando me encontré desnudo de aquella manera me sentí muy vulnerable y vagamente vulgar. A una persona tan pudibunda e introvertida como yo le resultaba doloroso pensar en mostrarme en público, especialmente a la vista de aquellas hembras, con aquella desnudez blanquecina y total. Sin embargo no lo era tanto, me consolé, como la de mi rebaño pues, de acuerdo con las órdenes del médico de Sydney, tenía que seguir llevando mi artilugio de vendas durante una semana más por lo menos.

Salí a rastras de la tienda y me levanté bailando ligeramente debido al daño que me producían los guijarros del suelo al clavárseme en los pies. ¡Señor, todos aquellos ojos blancos tan grandes y visibles en aquellos rostros tan negros! McCubby me miraba con la misma atención e incredulidad que todos los demás. Estuvo un rato moviendo los labios antes que surgiera alguna palabra de su boca.

—¡Hostia! ¡No me extraña que sea virgen, desgraciado!

Los aborígenes empezaron a cerrar el círculo en cuyo centro me encontraba y a balbucear y a medir el aparato como si se les estuviera pasando por la cabeza hacerse una copia para ponérsela, al fin, bastante preocupado, le pregunté a mi intérprete, que todavía se reía por lo bajo, a qué venía tanto alboroto.

—Ellos creen que o estás fanfarroneando o eres un farsante, y, maldita sea, yo también.

Así pues le conté lo de la operación a que me había sometido según la costumbre anula. McCubby repitió mis palabras a la concurrencia. Los negros asintieron y se miraron maliciosamente entre ellos, parlotearon en un tono todavía más alto que antes y se acercaron uno por uno hasta donde me encontraba para darme un ligero toque en la cabeza.

—¡Ah! Dan su aprobación, ¿no es cierto? —dije, lleno de una gran satisfacción.

—Más bien piensan que está más chalado que un chorlito —dijo llanamente McCubby—. Creen que trae buena suerte acariciar a un tonto.

—¿Cómo?

—Si quiere echarle una mirada a su grey —me sugirió—, se dará cuenta de que la costumbre de la circuncisión pasó de moda hace algún tiempo.

Miré, y era cierto. Me descubrí formando unos propósitos muy poco cristianos dedicados al mayor Mashworm. Para elevar un poco mis pensamientos, propuse tratar de distribuir las lentejuelas otra vez. No sé lo que les diría McCubby a los negros, pero la tribu entera echó a correr en bloque hacia el camión y regresó con las manos repletas de cuentas y abalorios. Hubo varios que realizaron dos o más viajes. Me sentí muy complacido.

El breve crepúsculo tropical se cernía ya sobre nosotros; los fuegos donde los anula cocinaban empezaron a asomar bajo las acacias. Yo ya no podía hacer nada más aquel día, así que preparé junto con McCubby nuestro propio fuego y algo de comer. Apenas nos habíamos sentado, enormemente fatigados, cuando se nos acercó uno de los aborígenes y con una sonrisa me tendió un pedazo de corteza en la que había una especie de comida nativa. Fuera lo que fuese, tenía un aspecto asqueroso, como gelatina, y al mirarlo no pude evitar un gesto de disgusto.

—Es grasa de emú —me dijo McCubby—. Es un plato muy especial para ellos. Se lo ofrecen a cambio de las lentejuelas.

A mí me gustó mucho el gesto, pero aquel manjar era nauseabundo y difícil de ingerir. Era como comerse un plato de labios.

—Si yo fuera usted me lo zamparía —me advirtió McCubby, tras una corta visita a los fuegos de los nativos—. Dan la impresión de que vendrán y se lo quitarán en cuanto se cansen de los cristales.

—¿Qué?

—Que llevan dos horas hirviéndolos y parece que todavía no tienen muy buen sabor.

—Pero… ¿se están comiendo las lentejuelas?

Pareció comprender mi consternación y añadió, casi con amabilidad:

—Reverendo, lo único que hacen estos negros es vivir para comer para poder seguir viviendo. No tienen casas, ni tampoco bolsillos, así que carecen también de sentido de la propiedad. Saben que son feos como el pecador, así que no tienen utilidad alguna para ellos las cosas bellas. Si descubren algo nuevo, tratan siempre de comérselo, por si acaso.

Me sentía demasiado deprimido como para preocuparme; me arrastré a la tienda con el único deseo de hundirme bajo tierra. Tal como fueron las cosas, sin embargo, no tuve ocasión de dormir mucho. Tuve que estar toda la noche deshaciéndome de una larga procesión de jóvenes negras que, supongo, tenían un capricho infantil por dormir bajo la lona, por el cambio que tal cosa representaba para ellas.

La mañana siguiente me desperté muy tarde y encontré a todos los anulas reunidos todavía, gruñendo y tendidos sobre sus esteras waga.

—Hoy me temo que no verá el aquelarre del pájaro de la lluvia —me dijo McCubby—. Las difíciles lentejuelas les deben haber pegado una buena patada en el hígado.

Ahora sí que estaba yo realmente preocupado. ¡Imagínese usted que hubieran muerto todos como había sucedido con los dingos!

—Mire, reverendo, esto no lo haría por nadie más que por usted —dijo McCubby, hurgando en sus pertenencias—, pero voy a malgastar unas cuantas chucherías con ellos.

—¿Qué?

—Chocolate. Eso es lo que yo uso para comerciar y sobornar a los binguis. Lo prefieren a cualquier abalorio.

—¡Pero eso es chocolate purgante! —exclamé cuando lo sacó.

—Así es como les gusta. Un placer por ambos extremos.

De los sucesos del resto del día más vale no hablar. El ocaso recogió los brillantes reflejos de pequeños montones de cristales aquí y allá por las onduladas tierras de las cercanías, y yo me enfrentaba con mis propias dificultades también: me había empezado a picar todo el cuerpo de un modo intolerable. McCubby no se mostró sorprendido.

—Pueden ser las hormigas de la carne —teorizó—, o las del azúcar, o las hormigas blancas, o las moscas del búfalo, o las de los pantanos. También hay por aquí mosquitos anófeles. Ya se lo dije, reverendo, que los misioneros no están hechos para ir por ahí con el culo al aire.

Así pues, y sin demasiados remordimientos, abandoné la idea de vivir de un modo tan primitivo como mi desnudo rebaño lo hacía y volví a ponerme mis ropas.

Sin embargo, aquel día no fue baldío del todo. Le recordé a McCubby que necesitaríamos un pozo de agua para el ritual previsto, y me llevó al oasis tribal de los anula.

—No es más que un riachuelo en la estación seca —admitió. La charca tenía una anchura y profundidad muy respetables, pero sólo contenía una capa de barro fétida y llena de verdín, por la que serpenteaba un hilillo de agua verdosa y triste, del grosor de un lápiz—. Pero espere a que llegue la estación húmeda y pensará usted en imitar a Noé. Sea como sea, supongo que éste es el punto que buscaba. Es la única agua que hay en ciento cincuenta kilómetros a la redonda.

Si el héroe de Frazer había estado tan desesperado para intentar conjurar la lluvia, me pregunté cómo se las había ingeniado para encontrar un pozo donde hacerlo. Sin embargo, lo que murmuré fue:

—Bueno, maldita sea, ya está.

—Reverendo, me siento sorprendido ante su intemperante y sucio lenguaje…

Me expliqué. Haríamos una presa artificial y temporal que cruzara el extremo inferior del charco. Para cuando los anulas se recuperasen de sus deficiencias gastrointestinales, el agua habría negado al nivel que queríamos. Nos pusimos a trabajar, tanto McCubby como yo: alzamos y amontonamos piedras y rellenamos los orificios entre las piedras con barro, que el fiero sol convirtió en una especie de adobe. Al llegar la noche lo dejamos, cuando el agua nos cubría ya por encima de los tobillos.

La mañana siguiente me desperté al oír un tumulto de gritos, alaridos y estrépito procedente del campamento de los anulas. “Ah”, pensé yo, estirándome con complacencia, “acaban de descubrir su nueva y mejorada presa y lo están celebrando”. En aquel instante McCubby introdujo su cabeza peluda por la puerta de la tienda y me anunció con gran excitación:

—¡Se ha declarado una guerra!

—¿No será con América? —dije yo, pues el tono en que me había dicho lo anterior sonó bastante acusatorio, pero mi interlocutor había ya desaparecido de la vista.

Me calcé las botas y me reuní con él en el otero. Allí me di cuenta de que se había referido a una guerra tribal.

Había allí abajo el doble de aborígenes de los que yo recordaba, y cada uno de ellos estaba ululando como si fueran dos o tres más. Se movían en masa, acosándose los unos a los otros con lanzas y porras de ñame, lanzándose piedras y boomerangs y tirando brasas que tomaban de las hogueras a los ensortijados cabellos de sus enemigos.

—Es la tribu vecina, los bingbingas —dijo McCubby—. Viven más abajo, en la cañada, según se sigue la corriente, y al levantarse esta mañana han visto que no les llegaba agua. Ahora culpan a los anula de que han querido cometer un asesinato premeditadamente, a fin de apoderarse de sus territorios de yamé. ¡Si no son esas unas buenas razones para una guerra…!

—Pero, ¡tenemos que hacer algo!

McCubby revolvió un poco su macuto y sacó una pistola como de juguete.

—Es sólo un calibre veintidós, pero sólo con que vean las armas del hombre blanco comprenderán que les conviene más

Los dos juntos bajamos la pendiente y llegamos al campo de batalla, McCubby disparando al aire ferozmente con su pequeño revólver y yo blandiendo el Nuevo Testamento para proclamar que el Derecho estaba de nuestro lado. Naturalmente, los invasores bingbingas retrocedieron ante aquella intensa y furiosa embestida. Se separaron de aquella confusión retirando consigo a sus heridos. Los perseguimos hasta la cima de una colina cercana, desde donde nos mostraron amenazadoramente los puños y nos gritaron insultos y amenazas durante un rato, antes de retirarse, vencidos, en dirección a su territorio.

McCubby se paseó por el campamento anula echando polvos para pies de atleta —única medicina de que disponía— sobre los que mostraban heridas más graves. En realidad, los lesionados no eran muchos, y la mayor parte tenían o bien la nariz partida o bien el cráneo magullado o heridas superficiales, y zonas donde el pelo o las patillas se veían arrancados. Hice de capellán castrense lo mejor que pude en un show mudo, con gestos que les proporcionaron el alivio espiritual que necesitaban. Hubo un hecho positivo: todos los anulas parecían haberse recuperado magníficamente de la dieta de lentejuelas que les había tenido postrados la jornada anterior. Aquel ejercicio matinal les había resultado muy provechoso.

Cuando las cosas se hubieron calmado, y tras desayunar, envié a McCubby a que buscara entre los varones de la tribu que no estuvieran ocupados alguno que tuviera por kobong, por tótem, al pájaro dólar. Encontró a un joven, y me lo trajo, venciendo su tenaz resistencia.

—Este es Yartatgurk —me dijo McCubby.

Yartatgurk caminaba renqueante, como recuerdo de un golpe de bastón que le había propinado un bingbinga en la espinilla, y sólo llevaba barba en el lado izquierdo del rostro, como consecuencia de una brasa arrojada por otro bingbinga. El resto de la tribu nos rodeó y se quedó expectante alrededor de nosotros tres, como si estuvieran dispuestos a ver qué nueva amenaza individual tenía guardada para el joven.

—Ahora tenemos que montar todos los preparativos —dije, empezando a leer la descripción de “La rama dorada” en la que aparecía la ceremonia, y que McCubby se encargó de traducir frase por frase. Al terminar, el joven Yartatgurk se levantó de repente y, pese a la cojera, inició una vigorosa carrera en dirección al lejano horizonte. Los demás anulas empezaron a murmurar entre ellos y a tocarse las frentes con el índice.

Cuando McCubby hizo volver al joven Yartatgurk, que todavía se mostraba desconfiado, le dije a mi intérprete:

—Seguramente todos ellos están familiarizados con la ceremonia.

—Dicen que si tienes una sed tan jodida como para pasar por todo este follón, te hubiera costado mucho menos traer lo necesario para excavar un pozo artesiano en lugar de todos esos abalorios. Y tienen toda la razón.

—No se trata de eso —dije yo—. Según Frazer, existe la creencia de que hace mucho tiempo el pájaro-dolar tenía por compañera a una serpiente. Esta vivía en una charca y hacía llover escupiendo al cielo hasta que aparecían las nubes y un arcoíris y la lluvia caía sobre los campos.

Aquella frase, una vez traducida, hizo que los anulas iniciaran un frenesí de comentarios aún más agitado que antes, sin que por un momento cesaran de llevarse los dedos a la frente.

—Dicen —tradujo McCubby— que les enseñe usted un pájaro que se aparee con una serpiente y le traerán toda el agua que quiera, aunque tengan que trasvasar el maldito golfo de Carpentaria sobre las manos.

Era una frase muy deprimente.

—Estoy totalmente seguro de que un antropólogo de tan reputada fama como Frazer no mentiría nunca sobre las creencias tribales de esta gente.

—Si tiene algún parentesco con el Frazer que conocí hace mucho tiempo, el viejo “Chaquetas” Frazer, le diré que éste mentía hasta en cuál era su mano derecha y cuál su izquierda.

—Bueno —repuse, insaciable—. He recorrido dieciocho mil kilómetros para repudiar esa costumbre y no me voy a rendir. Bueno, dile a Yartatgurk que acabe con esos gemidos y sigamos adelante.

McCubby se las ingenió para convencer a Yartatgurk, mediante un gran pedazo del chocolate, de que la ceremonia —asunto estúpido desde su ignorante punto de vista—, no iba a hacerle daño alguno. Los tres fuimos primero a comprobar cómo estaba la charca y la encontramos gratamente llena de una repulsiva agua marrón y de una profundidad y anchura suficiente incluso para sumergir nuestro camión. A partir de ahí, nos internamos en la interminable sabana.

—En primer lugar —dije— necesitamos una serpiente. Una serpiente viva.

McCubby se mesó las barbas.

—Va a resultar complicado, reverendo. Los aborígenes se han comido la mayoría de las serpientes de sus territorios de caza. Además, ellos las cazan desde una cautelosa distancia, mediante el boomerang o una lanza. De las serpientes que hay en la tierra de Nunca Jamás, no quisiera encontrarme ninguna viva.

—¿Y eso?

—Bueno, pues te puedes encontrar la serpiente tigre y la víbora de la muerte, cuyo veneno se ha demostrado que es veinte veces más poderoso que el de la maldita cobra. Luego está la taipán, que una vez vi morder a un caballo y matarlo en menos de cinco minutos. Luego están…

Se interrumpió para agarrar a Yartatgurk, que estaba tratando de escabullirse otra vez. McCubby señaló la pradera y envió al negro hacia el horizonte con instrucciones muy detalladas. Yartatgurk se marchó cojeando, mirando nerviosamente alrededor y dándole lametones escandalosos a su pedazo de chocolate. McCubby no parecía muy contento mientras seguíamos a distancia al nativo.

—Me gustaría que fuera ese jodido Frazer el que caminara delante de nosotros en esta expedición —murmuró lleno de disgusto.

—¡Oh, vamos! —le dije para animarle—. Seguro que debe haber alguna variedad de serpiente no venenosa que sirva a nuestros propósitos

—No habrá ninguna que nos vaya bien si antes nos encontramos con una de las otras —dijo McCubby.

Hubo una súbita conmoción frente a nosotros, en el lugar donde habíamos visto por última vez a Yartatgurk avanzar con cautela, encorvado, entre los montículos de hierba.

—¡Tiene una! —grité, al ver surgir de entre la hierba al negro y escuchar su grito estrangulado.

Su silueta quedaba marcada contra el cielo y se vio que luchaba trabajosamente con algo enorme cuya cola le golpeaba, algo que era un temible asomo de cómo era el animal en realidad.

—¡Que el diablo me lleve! —suspiró McCubby con un deje de sorpresa y temor—. Nunca había visto una pitón de Queensland tan al oeste…

—¡Una pitón!

—Así es —repuso, admirado de verdad—. Si es un macho puede llegar a los siete metros.

Eché una mirada a la escena espeluznante que tenía lugar ante nosotros, y que parecía una reproducción de Laoconte. Yartatgurk casi resultaba invisible entre los anillos que le presionaban, pero se le podía oír con toda claridad. Por un momento me pregunté si no habríamos ido más allá de nuestras posibilidades, pero alejé fríamente aquel asomo de incertidumbre. Era evidente que el buen Señor seguía fielmente el guión de Frazer.

—Yartatgurk pregunta —dijo tranquilamente McCubby— que a qué estamos esperando.

—¿Crees que romperemos el hechizo si le echamos una mano?

—Lo que se romperá será el negro como no se la prestemos. Mire allí.

—¡Dios tenga piedad de nosotros! ¡Está escupiendo sangre!

—No es sangre. Si se hubiera comido usted cien gramos de chocolate purgante y luego se viera abrazado por una pitón, también lo escupiría.

Nos adelantamos hasta el lugar donde se desarrollaba la pelea y por fin logramos que la criatura aflojara su abrazo mortal. Nos costó la fuerza de los tres abrir los anillos y procurar que no volvieran a cerrarse. Yartatgurk se había puesto casi tan pálido como yo, pero se colgó valientemente de la cola de la pitón que lo movía y zarandeaba, a veces muy por encima del suelo, mientras McCubby, en la parte de la cabeza, y yo agarrado a su parte central, parecida a un tonel, la transportábamos hacia la charca.

Cuando llegamos allí, los tres habíamos sido lanzados al aire en alguna ocasión y habíamos caído y tropezado innumerables veces.

—Y ahora —dije entre las convulsiones de la serpiente— tiene que mantenerla debajo del… ¡uf!… debajo del agua…

—No creo —dijo McCubby a mi izquierda— que le guste mucho —prosiguió, esta vez desde detrás de mí—. Cuando grite ¡ya! —dijo, ahora a mi derecha— la soltamos todos a la vez —Esta vez su voz me llegaba de arriba—. ¡Buenooo…! ¡Ya!

A la voz de McCubby, éste y yo balanceamos las partes de la pitón que teníamos asidas sobre el agua y las soltamos. La serpiente cayó con el desdichado Yartatgurk, que agitaba desesperadamente los brazos, y ambos desaparecieron con un ruido sordo.

Al instante la charca se transformó en un hirviente caldo marrón.

—Las pitones —dijo McCubby cuando recuperó el aliento— odian el agua más aún que los gatos.

En aquel momento advertí que la tribu anula entera se había aproximado y formaba un racimo en el otro lado de la presa, y seguían con gran atención la función, con los ojos abiertos como platos.

—Si me lo preguntara —me dijo al cabo de un momento, ya más descansado— me resultaría difícil decidir quién mantiene a quién debajo del agua.

—Supongo que ya ha habido suficiente —decidí.

Nos metimos hasta la cintura en la charca y, tras unos cuantos golpes, nos las ingeniamos para asir los escamosos anillos del reptil y volver a situarlo en la orilla. Yartatgurk, según comprobamos con complacencia, saltó también, comprimido en uno de los anillos de la cola de la pitón.

En un punto de la obra que habíamos construido, la presa hecha a mano se derrumbó. El barro de que estaba compuesta se había erosionado gradualmente por la presión de las aguas durante la noche y la mañana. La agitación producida por la serpiente había desmontado la ya de por sí débil estructura y toda el agua recogida se fue con un rugido. Aquello resultaría muy positivo para los sedientos bingbingas de más abajo, reflexioné, en el caso de que no se ahogasen con la primera oleada del agua.

La prolongada inmersión había debilitado las fuerzas del animal, aunque no gran cosa. McCubby y yo nos llevamos unos cuantos morados y contusiones durante esa parte de la lucha, mientras intentábamos inmovilizar la parte de la cabeza de aquella cosa. Yartatgurk no nos servía de gran ayuda, pues estaba ya totalmente sin fuerzas y, con el movimiento ondeante de la cola de la pitón, era golpeado como una cachiporra contra los árboles de los alrededores y contra el suelo.

—Es hora de que nuestro amigo la mate —le grité a McCubby.

Este escuchó lo que Yartatgurk le murmuraba de un modo casi inaudible y finalmente me informó:

—Dice que nada le causaría un placer mayor.

Nuestra fantástica batalla duró todavía un buen rato, hasta que se hizo evidente que nuestro amigo aborigen no estaría en condiciones de acabar con la bestia en bastante tiempo, y llamé a McCubby para preguntar qué hacer a continuación.

—Yo la agarraré lo mejor que pueda —respondió, entre maldiciones y gruñidos—. Vaya a buscar mi macuto y coja la pistola. Luego dispárele a esa maldita cosa.

Le obedecí, pero con recelo. Tenía miedo de que los dos blancos que estábamos en el asunto estuviéramos interviniendo demasiado en aquella ceremonia —quizá confiados inconscientemente en nuestra superioridad— y que arruináramos lo que de significación mística tuviera para los nativos.

Volví a la carrera con la pistola sostenida con ambas manos. La pitón parecía haberse recuperado del mal rato que pasara en el agua y hacía ahora esfuerzos más enérgicos que nunca, hasta llegar a alzar al mismo tiempo por los aires a los dos hombres que la sujetaban. Con toda aquella confusión, y debido también a mi propia excitación, así como al nerviosismo y la impericia en el uso del arma, realicé un disparo sin ton ni son y le di en pleno pie a Yartatgurk.

Este no se quejó en voz alta (aunque creo que lo hubiese hecho, de haber podido) pero sus ojos eran todo elocuencia. Sentí que estaba a punto de llorar al ver la expresión helada de decepción con que me miró. Era algo aleccionador contemplarlo, pero supongo que incluso el líder espiritual con mayor inspiración divina debe haberse encontrado con algo así a lo largo de su carrera. Nadie es perfecto.

Mientras tanto, McCubby se había apartado del lío formado por hombres y bestia. Me arrebató la pistola y vació el cargador en la terrible cabeza del animal. Luego estuvimos un largo rato apoyados el uno en el otro, jadeantes, mientras la serpiente y el negro yacían en el suelo, uno al lado del otro, ambos sumidos en fuertes convulsiones.

La herida de Yartatgurk, tengo que decirlo, no era muy seria. En realidad, había sufrido más por su permanencia bajo el agua que a causa del disparo. McCubby tomó sus fláccidos brazos y los movió arriba y abajo, lo que le hizo devolver una cantidad realmente asombrosa de agua, barro, semillas y restos vegetales, mientras yo me dedicaba a envolverle el agujero del pie con un fragmento de mis propias vendas.

El calibre veintidós dispara, al parecer, unas balas increíblemente pequeñas, y la que nos ocupaba había atravesado limpiamente el pie del indígena sin siquiera dañar un tendón. Como el plomo no había quedado dentro y sangraba limpiamente, no parecía haber mucho de lo que quejarse, aunque cuando recobró la conciencia comenzó a vociferar como un condenado.

Decidí dejar disfrutar al muchacho de un corto descanso y de la condolencia de sus cloqueantes compañeros de tribu. Además, en aquel momento yo estaba tan metido en la ceremonia que supuse que el hecho de que estos intervinieran un poco más no haría daño alguno. Por ello fui yo mismo a realizar el paso siguiente del ritual: construir una “imitación del arcoíris” con hierbas y colocarla sobre la difunta serpiente.

Tras un rato considerable de infructuosos esfuerzos en aquel proyecto, regresé y le dije desesperadamente a McCubby:

—Cada vez que trato de liar las hierbas para hacer un arco, se me desmenuzan hasta hacerse polvo.

—¿Y qué coño esperaba —me repuso agriamente— si lleva más de ocho meses sin llover?

Aquella era otra evidencia, como la de las charcas secas, que no podía conciliar con el relato de Frazer. Si la hierba aquella estaba lo bastante seca como para justificar la ceremonia de la invocación de la lluvia, también estaba tan seca que resultaba imposible doblarla.

Entonces tuve una inspiración y fui a mirar el limo de la charca donde habíamos instalado la presa. Como esperaba, había allí unas cuantas hierbas que habían crecido dispersas, y que estaban magníficamente cargadas de agua por haber pasado toda una noche sumergidas. Recogí todas las que pude y las até en un arcoíris utilizando los cordones de las botas. Coloqué después aquel objeto cuya forma recordaba la herradura de un caballo alrededor del cuello de la serpiente, dispuesto de un modo tan airoso que parecía la herradura de un caballo de carreras en el círculo de ganadores.

Sintiéndome muy satisfecho de mí mismo, me volví hacia McCubby. Este, como el resto de los anulas, contemplaba a Yartatgurk con simpatía mientras el aborigen relataba, imagino, toda la historia de su herida a partir del día en que nació.

—Ahora dile que todo lo que ha de hacer es cantar —le indiqué y por primera vez, McCubby pareció resistirse a seguir mis instrucciones. Tras dedicarme una larga mirada, se cruzó las manos a la espalda. Luego, dejó vagar su mirada por la orilla de la charca rezongando para sí. Por último se encogió de hombros, emitió una especie de risa entrecortada y se arrodilló junto al excitado y harto Yartatgurk, interrumpiendo su discurso.

Mientras McCubby le explicaba el próximo y definitivo paso, la cara de Yartatgurk fue asumiendo gradualmente la expresión de un caballo malherido al que se le pidiera que se diese a sí mismo el coup de grace. Tras lo que me pareció un diálogo innecesariamente largo entre los dos, McCubby dijo:

—Yartatgurk le ruega que le excuse, reverendo. Dice que estos últimos días le han dado mucho en que pensar. Primero tuvo que meditar en la naturaleza de esas lentejuelas que usted le dio; luego tuvo que tragar que los bingbingas le quemaran la barba, que le había costado tres años cultivar para desaparecerle ahora en un abrir y cerrar de ojos; luego ha sido medio reducido a pulpa, tres cuartos ahogado y nueve décimos vapuleado hasta morir, sin hablar del agujero del pie. Dice que su pobre y primitivo cerebro negro está tan lleno de materias en que pensar que se le ha olvidado la letra de todas las canciones.

—No hace falta que le ponga letra, cualquier melodía un poco animada servirá, si la canta mirando hacia el cielo y de forma correcta y respetuosa.

Se produjo un corto silencio.

—En este desierto —repuso McCubby, conteniendo el aliento— hay un ser humano cada quince kilómetros cuadrados, y tenía que ser precisamente usted el que me tocara a mí.

—McCubby —le expliqué con tono paciente—, ésta es la parte más importante de todo el ritual.

—Bueno. Ahí va mi último chocolate.

Le entregó la tableta al aborigen y se lanzó a una larga y convincente argumentación.

Por fin, con un extraño brillo rojizo en los ojos, Yartatgurk se volvió hacia mí y se entregó a un extraño y clamoroso cántico, de un modo tan súbito que sobresaltó a todos los presentes. Los demás nativos parecían ligeramente inquietos y empezaron a retirarse hacia el campamento.

—¡Hostia! Está usted escuchando algo que pocos blancos han oído alguna vez —dijo McCubby—. Es el antiquísimo canto de la muerte de los anula.

—¡Tonterías! —repliqué—. No va a morir ni mucho menos.

—¡No, él no! ¡Usted!

Moví la cabeza en señal de desaprobación y continué:

—No tengo tiempo para bromas. Debo ponerme a trabajar en el sermón que predicaré cuando todo esto haya concluido.

Se dará usted cuenta, deán Dismey, que me había impuesto una considerable tarea. Debía tener dos versiones preparadas, según tuviera éxito o no la ceremonia. Sin embargo, los sermones tenían ciertos puntos en común; por ejemplo, en ambos me refería a la oración como a “un talonario de cheques en el banco de Dios”. Esto, desde luego, planteaba el problema de explicar qué es un talonario de cheques en términos comprensibles para un aborigen del Outback.

Mientras trabajaba en la soledad de mi tienda, no dejé de prestar oídos al cántico de Yartatgurk. Conforme avanzaba la noche, empezó a enronquecer. Y en varias ocasiones pareció estar a punto de abandonar. En cada una de estas ocasiones, dejaba mi pluma a un lado y bajaba hasta el otro lado de la charca a animarle por señas a que siguiera. Y en cada una de ellas también, esta indicación de mi continuado interés no dejó de inspirarle y prestarle fuerzas para continuar su canto.

El resto de los anula permanecía sin dar señales de indigestión, fatiga u otras molestias. Agradecí al Cielo que ningún clamor extraño interrumpiera mi concentración en los sermones y así se lo hice notar a McCubby:

—Los nativos parecen tranquilos esta noche.

—No es cosa de cada día que esos pobres diablos llenen su estómago de buena carne de pitón.

—¡¿Se han comido la serpiente ceremonial?! —exclamé.

—No importa —repuso para consolarme— aún está el esqueleto entero bajo su arquito de hierbas.

“Bueno”, pensé, “a estas alturas ya no hay nada que hacer”. Y, como McCubby indicaba, el esqueleto debería ser un símbolo tan potente como el cadáver entero.

Bastante después de medianoche, justo cuando acababa mis notas para el servicio religioso del día siguiente, se presentó una delegación de los ancianos de la tribu.

—Dicen que le quedarían muy agradecidos, reverendo, si se diera prisa en morir, como está mandado, o si no que calme a Yartatgurk de alguna manera. No pueden pegar ojo con tanto aullido.

—Dígales —repliqué, con un gesto magistral de la mano— que todo terminará muy pronto.

No supe cuánta verdad encerraban mis palabras hasta que, pocas horas más tarde, me vi bruscamente despertado por mi tienda, que se plegaba como un paraguas —fuac— y desaparecía en la oscuridad.

En el mismo instante, y con la misma brusquedad, la oscuridad fue eliminada por la más brillante, culebreante, chispeante y crepitante cascada de relámpagos que jamás esperé ver. A continuación volvió una oscuridad aún más densa, inundada por el acre olor del ozono y un rugir de truenos que parecía sacudir como una sábana todo el Nunca Jamás.

Cuando pude oír de nuevo, distinguí la voz de McCubby que surgía de la oscuridad con una nota de horror.

—¡Así me vuelva ciego!

Eso me pareció lo más probable. Iba a reconvenirle para que moderase su impiedad cuando un segundo cataclismo cósmico, aún más impresionante que el primero, atravesó la reverberante cúpula celestial.

No había logrado recobrarme de la impresión cuando un viento huracanado me cogió por la espalda y me envió rodando por los suelos. Fui rebotando dolorosamente por eucaliptos, acacias y otros obstáculos inidentificables hasta que tropecé con otro cuerpo humano. Aunque nos agarramos el uno al otro, seguimos viajando hasta que el viento amainó unos instantes.

Por una maravillosa fortuna, mi compañero resultó ser McCubby, aunque debo decir que él no pareció ver la fortuna de aquel encuentro por ningún lado.

—¿Pero qué coño ha hecho usted? —preguntó estremeciéndose.

—¿Qué ha hecho el Señor? —le corregí yo.

Aquello provocaría una reacción inolvidable entre los anulas cuando les explicara que todo lo que sucedía no era obra realmente del pájaro-dolar.

—Ahora —no pude evitar la exclamación— ¡si tan sólo cayera algo de lluvia!

Aún no había acabado de pronunciar estas palabras cuando McCubby y yo nos vimos otra vez aplastados contra el suelo. La lluvia caía como la bota de Dios. Me aplastaba sin piedad contra el suelo, hasta casi impedirme respirar. Eso, pensé en mi agonía, era más de lo que había pedido. Tras un lapso de tiempo incalculable, logré acercar mis labios a la oreja de McCubby y gritar con la suficiente fuerza para que me oyera:

—¡Tenemos que encontrar las notas para mi sermón antes de que la lluvia las arruine!

—Sus malditas notas deben estar en Fiji, a estas horas —me respondió también a gritar—. Y ahí es adonde iremos a parar también si no nos damos el piro cagando leches.

Traté de argüir que no podíamos dejar a los anulas ahora, cuando todo iba tan bien y cuando se me presentaba una ocasión tan providencial de lograr la espléndida conversión de la tribu en pleno.

—¿Es que no se lo puede meter en su estúpida cabezota? —gritó—. ¡Es el Cockeye Bob! Llega anticipado y con más furia que jamás lo he visto. Toda esta región quedará inundada, y nosotros con ella, a no ser que el viento nos arrastre mil kilómetros o nos destroce en la espesura.

—Pero toda mi misión habrá sido en vano —contesté entre el rugir de la tormenta— y los pobres anulas quedarán privados de…

—¡A la mierda esos malditos bastardos negros! —aulló. Luego continuó—. Hace ya horas que se han marchado. Debemos alcanzar el camión, si es que no ha volado, y llegar a las tierras altas en la zona de la estación experimental.

Siempre agarrados, conseguimos a duras penas abrimos camino a través de lo que parecía una sólida masa de agua. Los rayos y los truenos se producían simultáneamente, cegándonos y ensordeciéndonos en el mismo momento. Ramas desgajadas, matorrales arrancados, y árboles de tamaño cada vez mayor cruzaban el cielo de Nunca Jamás como oscuros meteoritos. Pasamos rozando uno de los misiles más extraños: el esqueleto de la pitón de Yartatgurk, misteriosamente aerotransportado, adornado aún con su elegante collar de hierba.

Me pareció extraño no encontrar a ninguno de los negros. Lo que sí encontramos por fin fue el camión, que trepidaba sobre sus ballestas y gemía en cada uno de sus remaches como pidiendo auxilio. El agua transportada por el viento azotaba el lado que quedaba a la intemperie y formaba una nube sobre el techo como el rocío que desplazan los huracanes marinos. En realidad creo que sólo el peso muerto de las lentejuelas que quedaban, y que llenaban todavía tres cuartas partes del remolque, hizo que el camión no volcara.

McCubby y yo alcanzamos a duras penas la puerta más resguardada y la abrimos, en cuyo momento el viento casi la arrancó de sus goznes al batir sobre ella. El interior de la cabina no estaba más tranquilo que fuera, con el rumor terrible y enloquecedor del trueno y la lluvia mordiendo prácticamente la carrocería, pero el aire más tranquilo hacía más fácil respirar.

Cuando dejó de jadear, McCubby se escurrió el agua de las patillas, que formó otro chaparrón de menor entidad, y puso finalmente en marcha el motor.

—No podemos abandonar así a los anulas —dije—. ¿No podríamos desprendemos de las lentejuelas y cargar en el remolque a las mujeres y a los pequeños?

—Ya le dije que hace horas que todos ellos se dieron el piro.

—¿Eso quiere decir que se han marchado?

—En cuanto usted se metió en la tienda. Y ya estaban bien apartados de las tierras bajas para cuando llegó el Cockeye Bob.

—Mmm —repuse, un tanto herido—. Es algo muy desagradado por su parte eso de desertar de su consejero espiritual sin avisarle.

—Reverendo, le aseguro que le están agradecidos —se apresuró a afirmar McCubby—. Por eso se marcharon sin hacerle nada; usted les ha hecho ricos. Dios mío, si ahora tienen una fortuna. Han tomado el camino a Darwin, donde venderán la piel de esa serpiente a una fábrica de calzado.

Yo sólo pude susurrar:

—Los caminos del Señor son inescrutables…

—Al menos, esas fueron las razones que me dieron —continuó McCubby mientras el camión empezaba a avanzar—. Pero ahora sospecho que olfatearon la tempestad que se acercaba y desparecieron a toda prisa, como hacen los animales cuando se aproxima un incendio.

—¿Sin avisarnos?

—Bueno, verá: Yartatgurk había invocado al diablo para que se lo llevase a usted con aquella canción de muerte.

Al cabo de un instante prosiguió en tono cavernoso.

—Y no comprendí que ese maldito tipo me estaba jodiendo a mí también.

Tras esto, dirigió el camión hacia la estación experimental. Ni los limpiaparabrisas ni los faros nos servían de nada. No había carreteras, y el ligero rastro que habíamos seguido al venir estaba ahora totalmente perdido. El aire estaba lleno todavía de escombros. El camión experimentaba de vez en cuando fuertes sacudidas cuando a consecuencia del viento huracanado chocaba con un eucalipto, o con un pedazo de roca, o con un canguro. Fue un verdadero milagro que no nos entrara nada por el parabrisas.

Poco a poco el terreno fue elevándose a medida que avanzábamos por las suaves pendientes de una meseta. Cuando llegamos a la máxima altura nos dimos cuenta de que estábamos a salvo de las aguas, y cuando enfilamos la bajada por el otro lado pudimos advertir que la extrema violencia del viento y la lluvia disminuía ligeramente, al encontrarnos protegidos por la meseta que nos servía de pantalla.

Cuando fue quedando atrás el estrépito, rompí el silencio para preguntarle a McCubby qué iba a ser de los anulas a partir de entonces. Aventuré que tenía la esperanza de que gastaran su recién hallada riqueza en herramientas y aparatos que mejoraran su nivel de vida.

—Quizá construir una iglesia rústica —musité—, y apuntarse a un circuito de predicadores…

McCubby soltó un juramento.

—Para ellos la riqueza es poseer un par de pavos, que es todo lo que les van a dar por esa piel. Y se lo gastarán todo en una gran farra. Se comprarán unas cuantas botellas del matarratas más barato que encuentren y estarán borrachos una semana entera. Lo más probable es que se despierten sobrios en el calabozo entre unos cuantos chorizos.

Aquello era de lo más descorazonador. Parecía que no había cumplido nada de lo que viniera a hacer allí, y así lo dije.

—Bueno, tenga por seguro que nunca le olvidarán, reverendo —dijo McCubby con los dientes apretados—. Ni tampoco lo harán todos los demás tipos de este territorio a los que ha cogido con los pantalones bajados. Ha traído usted la estación húmeda con dos meses de adelanto, y ha surgido como una venganza. Es probable que haya ahogado todas las ovejas del Nunca Jamás, que haya barrido la línea permanente del ferrocarril, arruinado a los cosecheros, hecho evacuar a los que cultivan cacahuetes y a los de las plantaciones de algodón…

—Por favor —supliqué—. No siga…

Hubo otro silencio largo y lóbrego. Entonces McCubby sintió lástima por mí. Y realmente me elevó el ánimo, al tiempo que daba razón de ser a mi misión, con una especie de palabras de consuelo un tanto indirectas:

—Si vino usted aquí —dijo— con la idea primordial de apartar a los binguis de la costumbre de conjurar a los diablos paganos para que hagan llover, le aseguro que puede apostar la mejor Biblia que tenga a que nunca más volverán a hacerlo.

Y con esa nota cargada de optimismo podré ya llevar la historia hacia su feroz conclusión.

Varios días después, McCubby y yo llegamos a Brunette Downs. Transportó la carga de lentejuelas a una caravana de Land Rovers y puso rumbo otra vez al Outback. No dudo de que desde entonces se habrá convertido en un auténtico multimillonario a base de acaparar el mercado de pieles de dingo. Yo pude contratar a otro conductor y entre ambos devolvimos a Sydney los camiones que había alquilado.

Cuando regresé a la ciudad, no tenía ni un penique y en cambio presentaba una apariencia pintoresca y escuálida. Me dirigí enseguida, antes de nada, a la Unión de Angloparlantes a buscar al obispo Shagnasty. Tenía la intención de hacer una solicitud para algún empleo de poca importancia en la organización eclesial de Sydney y pedir un pequeño adelanto. Sin embargo, en el momento en que encontré al obispo Shagnasty, quedó absolutamente claro que no estaba de un humor muy caritativo.

—No hago otra cosa que recibir estas cartas tan apremiantes de las autoridades portuarias de Sydney —me dijo malhumorado—. Hay allí una consignación de carga a su nombre. No puedo retirarla, ni siquiera enterarme de qué se trata, pero no dejan de enviarme unas facturas fantásticas en concepto de almacenamiento.

Iba a decir que yo estaba tan a oscuras en aquel asunto como podía estarlo él, pero el obispo no me dejó hablar.

—No le recomendaría que se quedase por aquí, Mobey. El mayor Mashworm vendrá de un momento a otro y va tras usted. De momento ya me ha estado pegando la paliza a mí.

—Yo también tengo algo pendiente con él —no pude reprimir.

—No dejan de llegarle cartas de reconvención del Comisario encargado del territorio del Norte en las que se le pregunta a santo de qué autorizó la presencia de usted entre los aborígenes, a los que ha corrompido. Parece que toda una tribu bajó en masa a Darwin, se emborrachó totalmente y destrozó media ciudad antes de que pudiesen reducirla. Cuando se recuperaron y estuvieron lo bastante sobrios para explicarse, dijeron que un nuevo Hermano —sin duda se referían a usted— les había proporcionado el dinero para la juerga.

Intenté musitar una explicación, pero el obispo siguió hablando sin darme una oportunidad.

—Y aún hay más. Uno de los negros dijo que el Hermano le había disparado y herido en un pie. Otros contaron que el misionero había provocado una guerra entre tribus. Otros más afirmaron que había bailado desnudo ante ellos y que les había dado alimentos envenenados, aunque esto último no ha quedado muy claro.

Traté de intervenir, pero una vez más me resultó imposible.

—No sé exactamente qué es lo que hizo usted, Mobey, y para ser franco no me importa en absoluto. Sin embargo, me sentiría eternamente agradecido de escuchar de sus labios una cosa.

—¿Cuál, reverendísima? —pregunté, con voz ronca. Alzó la mano y dijo:

—Adiós.

Al no tener mucho más que hacer, me llegué a los almacenes de Woolloomoolloo para preguntar por el misterioso cargamento. Resultó haber sido enviado por el querido y añorado Gabinete Mundial de Misiones del SoPrim, y consistía en un carrito eléctrico para golf de dos asientos marca Westinghouse, siete gruesas de pantallas para lámparas Lightolier, con un total de 1.008 pantallas, y varios cartones de rapé Old Crone.

En aquellos momentos estaba demasiado paralizado y descorazonado para evidenciar sorpresa alguna. Firmé una hoja y me dieron un comprobante. Lo llevé al barrio de los marinos, la parte baja de la ciudad, donde se me acercaron varios individuos de aspecto sospechoso. Uno de ellos, jefe de un transporte marino ocupado en introducir lujos capitalistas para los subdesarrollados comunistas de la China roja, me compró todo el cargamento, sin siquiera mirarlo. No me cupo duda alguna de que resulté timado en aquella transacción, pero me sentía satisfecho con sólo poder pagar las tasas de almacenamiento acumuladas, y me quedó lo suficiente para comprarme un pasaje de tercera clase en el primer mercante que salía para los queridos Estados Unidos.

La única escala que realicé en este país fue Nueva York, así que ahí fue donde desembarqué, apenas hace unas noches. De ahí el sello de la presente carta, ya que todavía estoy en esta ciudad. Cuando llegué estaba nuevamente sin un centavo, pero se dio la afortunada coincidencia de que visité el Museo de Historia Natural de la ciudad (sólo porque la entrada es gratuita) precisamente cuando preparaban una nueva sala de aborígenes en el ala del museo dedicada a Australia. Cuando mencioné mi reciente estancia entre los anulas, fui contratado de inmediato como consejero técnico.

El sueldo era modesto, pero me las he ingeniado para ahorrar un poco con la esperanza de volver pronto a Virginia y al querido y añorado Southern Primitive para descubrir cuál ha de ser mi siguiente misión. Sin embargo, en los últimos días he descubierto que hay una misión que me llama precisamente aquí.

El artista que pintaba el telón de fondo de la sala aborigen, resultó ser un tipo italiano; se hace llamar Daddio y me ha introducido en lo que llama su “grupo in”, que son los habitantes de una barriada en los mismos confines de la ciudad de Nueva York. Me llevó a una especie de celda, sucia y llena de humo (su “guarida”), que estaba llena de gente de ese tipo, barbudos, malolientes y apenas capaces de hablar, y yo me sentí casi transportado a los aborígenes que dejara en Australia. Daddio me dio un codazo y me susurró:

—Venga, dilo. En voz alta, y tal como te he enseñado, tío.

Así pues, me puse a declamar ante toda la concurrencia la introducción tan peculiar que me había hecho aprender de memoria antes de llegar al antro:

—Soy Crispin Mobey, hermano misionero. Acabo de ser circuncidado y he aprendido pitjantjatjara de un sacerdote que colgó la sotana cuyo nombre es Krapp.

Las personas que había en la habitación, y que hasta aquel momento habían estado charlando sin interés entre ellos, se quedaron silenciosos de inmediato. Entonces dijo uno, con un susurro tímido y reverente:

—Este Mobey está tan in, que todos nosotros quedamos out…

—Es como si de repente —respiró otro—, el Aullido no fuese más que un ejercicio literario…

Una muchacha de cabello lacio se levantó de un cojín y se puso a garabatear en la pared con su lápiz de labios verde: “Leary no, Larry Welk, sí”.

—El Almuerzo desnudo —dijo otro— es, en comparación, un tentempié de Pascua.

—Tíos —dijeron varios a la vez—, se nos ha dado un líder.

Ninguna de estas cosas me dicen más de lo que me decían los murmullos arcanos de McCubby o de Yartatgurk, pero en este lugar he sido aceptado como nunca lo fui entre los anulas. En la actualidad siempre esperan con sus barbudos rostros boquiabiertos a que pronuncie las palabras más trilladas, y atienden con más avidez que cualquier otra congregación que nunca haya visto mis sermones más recónditos. (El de la oración que es como un talonario de cheques; lo he recitado en varias ocasiones en las tabernas de mi nueva tribu, acompañado de música de cuerda auténticamente tribal).

Así pues, deán Dismey, la voluntad divina me ha guiado sin preguntas ni vacilaciones a la segunda Misión de mi carrera. Cuanto más aprendo de la vida de esos pobres diablos del barrio y de sus pobres e ilusorios ídolos, más siento la certeza de que, tarde o temprano, les resultaré de ayuda.

He escrito a las oficinas centrales del sínodo local de la Iglesia de los Protestantes Primitivos para que me concedan las credenciales adecuadas. Me he tomado la libertad de poner el nombre de usted, deán reverendísimo, y el del obispo Shagnasty, como referencias. Cualquier palabra que su reverendísimo fuera tan amable de decir en mi favor sería más que apreciada por:

su hijo en obediencia.

Crispin Mobey

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Me despido esperando se hayan divertido con este relato de Gary Jennings como me pasa a mí cuando lo leo, y por supuesto, sería estupendo pudieran comentar qué les ha parecido.

¡Hasta pronto!

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