El último de los grandes castrati

¡Hola! ¿Qué tal están?

En tiempos recientes pasaron por la televisión cubana una película de 1994 titulada Farinelli, Il Castrato. En ella se trata un tema interesante, o al menos interesante para mí dado su sentido histórico, y por eso me gustaría compartirlo con ustedes en este texto con la idea de conocer su parecer sobre el asunto. El tema en cuestión se refiere a los niños castrados, muchas veces en contra de su voluntad, para utilizarlos en los coros de las iglesias, y como cantantes en los teatros de la ópera, los conocidos como castrati.

¿Cómo surgió y terminó esa costumbre de castrar a niños con fines utilitarios?

En una época se estiló la práctica de castrar a ciertos hombres para convertirlos en eunucos y usarlos en distintas labores; así, en varios estados medievales de oriente, se los utilizó no sólo como guardianes en los harenes, sino como políticos de nivel. El hecho de estar castrados los hacía seguros para el puesto, dado que después de la mutilación no eran capaces de iniciar una dinastía propia que pusiera en peligro a la reinante, ni probablemente sintieran el deseo de hacerlo. Es conocido que la ausencia de hormonas sexuales suele provocar un gran descenso de la libido en las personas y los animales, aun cuando toda regla tiene sus excepciones.

El proceso consistía en la destrucción del tejido testicular sin que por lo general se tocara el pene, salvo en los casos en que el eunuco sería destinado a cuidar a las mujeres. En esos casos no sólo eran extirpados los testículos del condenado, sino que éste era emasculado; y dicha operación resultaba tan peligrosa que los esclavos eunucos de ese tipo alcanzaban un elevado precio en el mercado, y poseer por lo menos uno se consideraba señal de poder y dinero. El procedimiento más extremo de los mencionados era utilizado por lo común nada más con los negros en el Imperio Otomano, puesto que eran precisamente estos los que, por un motivo u otro que desconozco, solían desempeñarse como encargados dentro de los harenes. En tanto, a los blancos se los solía castrar machacándoles los testículos con un mazo, como se comentó antes conservando el pene y, por supuesto, todo esto sin anestesia.

Pero no se debe tampoco suponer que la mutilación era rechazada por todos, y no debido a tener una u otra tendencia sexual, como de seguro algunos mal pensados estarán imaginando.

En una época en la cual el hambre y la pobreza campaban a sus anchas, vivir en un harén rodeado de bellezas y de comodidades era una oferta tentadora para muchos; sin decir nada de que los eunucos de un palacio otomano estaban directamente relacionados con gente importante de la realeza como la madre sultana, y que por lo común alcanzaban puestos que les daban un cierto poder e influencia; por eso se puede pensar que para varios de esos individuos, incluso si como esclavos eran castrados a la fuerza, no era el fin del mundo, pues en los harenes podían llevar una vida tan fácil y relajada que se volvían obesos cual cerdos cebados.

El mencionado riesgo de muerte, y por tanto de pérdida del esclavo, no era, sin embargo, la única causa del aumento del precio de los esclavos eunucos. Los astutos tratantes no tardaron en descubrir que, si la mutilación se producía en edades tempranas, el castrado conservaba los rasgos faciales propios de la niñez, no llegaba a desarrollar una barba, y su cuerpo se hacía casi tan curvado, e igual de bello, como el de las mujeres. Por eso es de suponer esas características también los hacían bastante valiosos a los ojos de ciertos individuos, y como muestra de ello se podría mencionar a Bagoas, de quien se dice era lo bastante femenino como para llegar a pernoctar con Darío III (380-330 a.n.e), por lo visto un hombre exigente en cuanto a eso de la belleza, y con Alejandro Magno (356-323 a.n.e).

Por cierto, existe un libro titulado El muchacho persa, publicado en 1972 por la autora Mary Renault como parte de su trilogía sobre Alejandro Magno, en donde Bagoas es precisamente el protagonista; por lo menos a mí me pareció bastante interesante esa novela histórica, y me gustó la forma como fue escrita, por eso es posible le haga pronto una reseña para recomendárselas.

Pero volviendo al tema principal, fue aún otra característica adicional a las mentadas anteriormente la que propició la extensión de la práctica de la castración en Europa.

La voz de los castrados en la infancia se mantenía tan dulce y aguda como en la niñez para toda la vida, y eso, a pesar de que el riesgo de muerte del condenado crecía cuando se trataba de un niño, hizo proliferar el procedimiento. La gente inescrupulosa ha existido desde el primer día, y todo parece indicar no va a desaparecer por sí sola, y como con la trata se podían conseguir fabulosas fortunas. En fin, la práctica de la castración de niños cantores se estiló desde tiempos tan antiguos como la fecha de creación del Imperio Romano de Oriente, y se sabe que en Bizancio existieron coros de castrati por lo menos hasta que se produjo el saqueo de Constantinopla en 1204, fecha en que cesó su uso… o al menos por un tiempo.

La reaparición de los castrati aconteció durante el siglo XVI, y se debió principalmente a una razón religiosa. Las mujeres estaban prohibidas en el coro por el dictamen paulino Mulieres en Ecclesiis Taceant, y la voz de los niños duraba pocos años. Por eso unas y otros fueron con presteza sustituidos por los castrados en la infancia, y los Papas llegaron a ser los más grandes consumidores de la mercancía humana a la que previamente se había desposeído de los testículos.

Pero no fue hasta el siglo XVIII que los castrati alcanzaron su máxima gloria, tal y como nos muestra la película de Farinelli antes mencionada.

En la voz de un castrato no se conservaba solamente la ternura propia de un inocente niño, también en ella se alcanzaba la potencia de un adulto; y por eso estos individuos no tardaron en ser usados en la ópera, en donde con su registro podían hacer llorar a los espectadores más sensibles; fue en ese momento cuando la práctica se volvió tan común que en sus días de esplendor, entre los años 1720 y 1730, se cree que más de 4000 niños resultaron castrados anualmente, se podría decir que “sacrificados” en el altar del arte para divertir a la aristocracia europea.

Por supuesto, como en el caso de los guardianes de los harenes, tampoco era que la castración fuera lo peor que le podía pasar a una persona en un mundo sobrepoblado de humanos en donde, sin embargo, la humanidad no abundaba. El hambre azotaba a Europa como en las otras épocas, incluso en los tiempos de paz las hambrunas se sucedían cada pocos años; y esa situación continuó igual aun hasta las postrimerías del siglo XX, cuando los avances en la ciencia, en la técnica, y en mayor medida los cambios en los regímenes económico-sociales que los posibilitaron, permitieron la relativa abundancia que en nuestros días disfrutamos. Es por eso que a veces los propios padres de las víctimas eran los que ofrecían a sus criaturas en sacrificio para que fueran castradas; era la única manera que los pobres diablos encontraban de salvar a su prole, y tal vez incluso permitirles llegar a ser alguien. Los castrati solían ganar dinero y prestigio y eso les servía a muchos para salir de la pobreza; y me imagino que el asunto se volvió una moda entre los ciudadanos de apreciable descendencia, dado que los gobiernos no demoraron en prohibir la castración, salvo, claro está, cuando era imprescindible utilizarla como tratamiento para salvarle la vida al paciente (como el Corán con el vino). Por mi parte, sospecho que el hecho de que varios adolescentes comenzaran a ir a donde el cirujano por su propia iniciativa con el propósito de resolver sus problemas al ser castrados en lugar de convertirse en fieles soldados, como pasa en nuestra época con la gente dispuesta a “donarle” un riñón a otro, o a arriesgar su vida para emigrar y así escapar de la penuria económica o la opresión política, también debió haber tomado parte en la decisión de perseguir esas costumbres para entonces arraigadas. ¿Qué era eso de ir en contra de la voluntad de papá estado?

La prohibición de la castración, no obstante, no detuvo el problema ni mucho menos, como era de esperarse. La gente pronto comenzó a tener “enfermedades” de lo más extrañas que ponían en riesgo sus vidas de no ser castradas; o la “mala suerte” las hacía golpearse en la delicada zona de la entrepierna al caerse de un caballo desbocado, o simplemente al tropezar con una alambrada durante un paseo, por lo que debían solicitar el concurso urgente de los médicos. En resumen, y como pasa en todos los tiempos, los problemas no se resolvieron con prohibiciones estúpidas, o con llamadas a la conciencia. El único modo seguro de hacerlo era buscando las causas que los originaban y corrigiéndolas, cosa por lo general mucho más difícil, y hasta del todo imposible, para algunos gobiernos.

Por eso no es de extrañar la situación descrita se mantuviera en esta ocasión hasta que cambiaron los gustos operísticos, y por consiguiente las actitudes sociales, en el siglo XIX.

En ese momento fue cuando comenzó una vez más, como había sucedido mucho en Bizancio, el indetenible declive de los castrati.

Y esta fue la época difícil en la que le tocó vivir a uno de dichos personajes mutilados, conocido en sus días de gloria como Giambattista, mas de nombre Giovanni Battista Velluti (1780-1861).

En esos tiempos vivió el famoso castrato de origen italiano que es considerado ahora el último de los grandes castrati, un eunuco cantor digno de rivalizar con los grandes cantores como Farinelli (1705-1782), el protagonista de la película de la que les hablé antes.

El chico fue castrado a la edad de ocho años por un médico como tratamiento ante una tos pertinaz con fiebre alta (aun cuando mis más que modestos conocimientos en medicina no me permiten discernir la relación entre la tos y la posesión de un par de testículos), y la situación hizo que su padre decidiera hacerlo iniciar estudios de música en vez de destinarlo a la carrera de las armas, como inicialmente se había propuesto.

De todas formas, imagino que en realidad no le fuera tan mal, puesto se hizo famoso en vez de morir de incógnito en una guerra por el capricho del dictador de turno.

Por otro lado, el niño debió poseer una voz realmente bella dado que los últimos roles compuestos para un castrato: el Arsace de Aureliano in Palmira (1813), de Rossini, y el Armando de Il crociato in Egitto (1824), de Meyerbeer, fueron hechos expresamente para que los interpretara;  es una verdadera lástima que en su época, y en la época de todos esos otros grandes castrati sacrificados en bien del arte, no existieran todavía los sistemas para la preservación de los sonidos, con lo que todas esas maravillosas voces producto de un gran sacrificio de sus poseedores, se podría decir irrepetibles, se perdieron para siempre.

Pero mejor no pienso mucho en todas esas pérdidas irreparables para no comenzar a sentir tristeza y termino con este por lo demás corto artículo; me parece por lo menos sirve para darnos cuenta de cómo, cuándo se desea algo, se buscan justificaciones de toda índole para lograrlo.

¿No será que para eso sirven las religiones, como nos lo demuestra el asunto de las cruzadas?

Por cierto, desde hace un tiempo se viene experimentando con las células madre, y por lo visto las células de los testículos son una fuente de ellas (o por lo menos eso vi en un documental); es posible, sabiendo eso, que no pase mucho tiempo antes de que abunden de nuevo los castrati, o por lo menos hasta que se autoricen por “motivos humanitarios” las operaciones de cambio de sexo en donde todavía sigan prohibidas.

¡Hasta pronto!

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