El gran dilema

¡Hola! ¿Qué tal están?

En esta ocasión me propuse ofrecerles un cuento corto escrito por mí, y por tanto no puedo garantizarles su calidad, a pesar de parecerme bien desde mi punto de vista, dado mis escasos conocimientos de literatura; se trata en lo fundamental de un cuento de ciencia ficción, se titula El gran dilema, y no obstante lo dicho, espero alguno pueda disfrutarlo y comentarme su parecer si dispone de un momento.

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El anciano estaba sentado en una de las sillas a manera de banco situadas a lo largo de una de las paredes del pasillo; era delgado, llevaba puesto un traje de color oscuro, tenía en las manos un sombrero fedora, y se diría algo nervioso por como lo estrujaba de cuando en cuando. Por otro lado, también parecía abatido, y no sólo por los suspiros exhalados en ocasiones por su boca, o por la manera como se encorvaba, cual si se sintiera cansado. En realidad la causa de esto último también podría ser el alumbrado situado a lo largo del techo, el cual emitía una luz blanca tan profusa que desteñía sus cabellos de por sí grisáceos. En esas condiciones no tenía mucho de particular si el hombre se mantenía mirando el piso de verde mármol de imitación, aun si eso lo hacía verse más viejo. Pero su aparente decaimiento no impedía, no obstante lo dicho, que de vez en cuando levantara la cabeza y mirara a su derecha, hacia donde la puerta de entrada al corredor estaba situada; era en esos raros momentos cuando daba la impresión de que en sus ojos cansados nacía por lo menos un ligero asomo de energía.

El pasillo estaba desocupado en ese instante, y podría decirse sumido en un profundo silencio, a pesar de la presencia de las sillas, las cuales revelaban a veces estaba concurrido. En la cercanía del anciano, mas del otro lado de donde estaba situada la puerta de entrada, se convertía en algo así como un salón de forma cuadrada. En ese salón, cerca de donde había otra puerta, se podía ver un escritorio marrón veteado desde el cual provenía un casi imperceptible zumbido. La luz azulada de una pantalla holográfica semitransparente que había desplegada sobre su superficie, caía de lleno sobre el rostro de una mujer trigueña de mediana edad y de cabello de un castaño claro sentada ante la mesa. La mujer, por su parte, también permanecía por lo común sumida en el más absoluto silencio, se diría concentrada en la lectura de un documento en copia dura. En ciertos momentos determinados, sin embargo, levantaba la cabeza para recorrer con la vista la pantalla ante ella, y luego volvía a posar la mirada en las páginas impresas. En eso llevaba tanto tiempo que se había hecho casi invisible su presencia, aun cuando se podía decir era atractiva. En todo caso, por lo visto de improviso se percató de algo incorrecto, puesto que soltó la carpeta del documento sobre el escritorio y se puso a golpear con sus dedos de largas uñas pintadas sobre el luminoso teclado virtual situado casi debajo de la pantalla flotante.

El anciano levantó la vista otra vez en cuanto escuchó el ruido, y miró hacia donde éste provenía con extrañeza. El rápido golpeteo de las uñas en la superficie de plástico del mueble le daba la impresión de encontrarse en presencia de un insólito arácnido. Por un momento miró cual si no la viera a la mujer, y luego desvió la vista para posarla una vez más en la puerta que parecía interesarle. En esa ocasión, no obstante, en lugar de volver a posar la mirada en el piso como de costumbre, pareció titubear, y le lanzó varias ojeadas más a las cercanías del escritorio. Por último, como si una fuerza insondable lo impulsara, soltó un suspiro de resignación y se puso de pie para dirigirse a donde la escribiente.

—¿Sí, señor Vargas? —preguntó la mujer deteniendo lo que hacía cuando el anciano se detuvo a su vez ante ella, y levantó la vista para ver su rostro con mirada solícita.

El señor Vargas se demoró un momento en hablarle, con sus manos ahora estrujando mucho más su sombrero hacía mucho pasado de moda.

—Perdone que vuelva a molestarla, señorita… Pero, ¿demorará mucho más el señor Carrasco?

—Hmmm, eso no lo sé, señor Vargas, como le he estado diciendo —dijo la mujer amablemente y le sonrió con paciencia—. El señor Carrasco se encuentra reunido, porque tiene demasiado trabajo, y ahora con los problemas religiosos la junta… —murmuró cual si contara un secreto y se interrumpió para mirar a todos lados con su cuello de cisne estirado; y después observó al anciano una vez más, de tanto en tanto—. Pero no se desespere, ¿sí?, y siéntese con confianza; el encargado de relaciones públicas no debe demorar mucho más, y en cuanto llegue podrá atenderlo —manifestó tras una corta pausa, señalando a los bancos con un grácil movimiento de su brazo.

El señor Vargas se mantuvo de pie en el mismo sitio, mirando a un punto indeterminado como si se hubiera convertido en piedra. Por un momento dudó si debería continuar esperando, pues si Carrasco estaba en una junta podría demorar bastante y pronto se haría de noche. Pero el ruido imprevisto de una puerta a sus espaldas lo hizo por fin volverse con un asomo de emoción en su cara.

Por la entrada al corredor se mostraba ahora un hombre obeso de unos cuarenta y tantos; iba cubierto con un traje rosa de caballero, llevaba un portafolio, y se secaba con un pañuelo blanco el sudor de su redondeado rostro no menos sonrosado. El anciano lo observó reflejando en sus ojos nuevas esperanzas, con su propio rostro más emocionado al constatar la presencia, y cuando el individuo guardó su pañuelo y caminó por el pasillo lo siguió con la vista. Por su parte, el recién llegado tampoco tardó mucho en darse cuenta de la existencia del anciano, y por un instante se detuvo cual sorprendido de encontrárselo. En el momento en que sus ojos de un pálido color azul se posaron en los de la mujer sentada ante el escritorio estuvo claro que conocía a la persona que lo esperaba con tanta impaciencia, y que la visita no le resultaba nada placentera. Por lo menos esa fue la impresión que dio, por la ligera expresión de incomodidad que pudo verse crecer en su mofletuda cara bien rasurada, y por como cogió con ambas manos su maletín negro, como si esperara ser agredido de un momento a otro.

—¡Por Dios… otra vez! —murmuró por fin, sostuvo su portafolio de nuevo sólo con la derecha, se diría con una cierta resignación, y caminó a donde estaba el escritorio.

—El señor Vargas lo espera hace rato, señor Carrasco —dijo la mujer cuando el hombre obeso se acercó a donde estaba, como si éste no pudiera verlo—. Es para lo de… cómo decirlo… el asunto ese.

—¡Buenas tardes, señor Carrasco! —saludó el anciano ofreciendo su mano y continuó hablando en cuanto el hombre obeso se la presionó levemente—. Espero no molestarlo, sé que debe estar cansado a estas horas… Pero me gustaría saber si pudo hacer algo por mi nieta.

El señor Carrasco enarcó las cejas, y respiró profundo antes de contestarle.

—Mi estimado, señor Vargas, créame, no sé cómo explicarle esto para que lo comprenda… pero venga, entremos a mi oficina —dijo por fin, lanzándole una mirada de reojo a su secretaria, y se puso en marcha hacia la puerta de su oficina; no obstante, al llegar a ella se volvió para mirar a la mujer a los ojos antes de entrar al recinto—. Por favor, señorita Cortés, no estoy para nadie más, ¿está claro? —manifestó levantando un índice, se diría algo molesto.

—He comprendido, señor Carrasco, no se preocupe —declaró la mujer con una voz tan calmante como un bálsamo mágico, y el hombre asintió y volvió a moverse.

El anciano siguió al señor Carrasco cuando éste le indicó hacerlo y ambos entraron por la puerta cercana al escritorio.

La oficina del señor Carrasco no era tan grande como debía serlo, dada la importancia de éste en la compañía; mas ese hecho no pareció extrañar al señor Vargas en lo más mínimo, como si la conociera. En ella olía a fresa, y se sentía un poco de frío, a pesar de que en el pasillo exterior también actuaba el sistema de climatización del edificio. En las cercanías de la pared del fondo había situado un escritorio de material sintético custodiado por unas butacas de felpuda cubierta de color morado. El señor Carrasco caminó hacia el mueble y, luego de poner encima su maletín, se dirigió a un refrigerador azul pálido de pequeñas dimensiones, que se encontraba en una de las esquinas decoradas con plantas ornamentales y tenía un portavasos encima. En esa parte una gruesa cortina marrón, resplandeciente por la luz del sol poniente, ocultaba el paisaje que debería verse a esas alturas a través de la amplia ventana de vidrio.

—Por favor, siéntese como en casa —dijo el señor Carrasco a la vez que abría la nevera. El anciano se sentó en una de las butacas color morado y lo miró coger un vaso del portavasos—. ¿Desea agua, o un vaso de soda? —preguntó seguidamente el señor Carrasco.

—No, no, gracias… no es necesario —dijo el señor Vargas con un ademán de desdén de su huesuda mano—. En cuanto a mi nieta, me gustaría…

El señor Carrasco lo detuvo con un ademán de su mano de cortos dedos, se bebió un vaso de agua como si acabara de salir de un desierto, y luego fue a sentarse ante su escritorio, en donde entrelazó los dedos con la mirada en el rostro de su visitante.

—Mi estimado, señor Vargas, volveré a explicarle la situación de un modo simple para que se dé cuenta de que no está en mis manos hacer nada más por su nieta —dijo el señor Carrasco y cogió un bolígrafo de un ordenador de su escritorio para ponerse a moverlo entre sus dedos. Por un momento el silencio se hizo tan grande que pudo escucharse el zumbido del aire helado que salía por las rejillas del techo—. El problema está en la convención de Roma… entre otras cosas. La tecnología que desarrollamos resultó complicada en el plano religioso, y cierto grupo de personas expresó su “preocupación” por ella… sin mencionar a los musulmanes, para no complicar mucho más el asunto —manifestó e hizo una pausa para ver como el anciano asentía—. Los evangelios son claros, a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, ¿no es así? Es por eso que nos vimos obligados a poner un cierto límite, cuando les dio por acusarnos de ladrones de almas y cosas por el estilo —las cejas volvieron a enarcarse sobre los ojillos azules—. ¿Puede usted creer tremenda patraña…? Pero debido a eso no podemos dar acceso a nuestros servicios a todas las personas como pensábamos, en contra de nuestra voluntad, por supuesto… y como su nieta está bautizada cae en la categoría de los fieles…. espero me comprenda —manifestó al inicio con una cierta emoción, aun si ésta poco a poco fue desapareciendo hasta convertirse en impotencia.

El anciano volvió a asentir con tristeza cuando su interlocutor hizo silencio y lo miró con expresión lastimera. En realidad lo había comprendido desde un principio, sólo que su corazón no se resignaba a perder a un ser tan amado, aun si fuera temporalmente, hasta que fueran a reunirse de nuevo. La nueva tecnología desarrollada por Synaptic la hubiera salvado tan fácilmente si no fuera por los enredos filosóficos de gente que, a la hora de la verdad, se iba a olvidar de todo eso y a usarla en sus propias personas. Pero, ¿cómo podía haberse imaginado que lo que había empezado con ir en contra del uso de un simple condón para evitar la sobrepoblación en el planeta iba a llegar a tanto?

—Es cierto, lo entiendo, señor Carrasco… y no se preocupe, no vendré de nuevo a importunarlo con este asunto —murmuró por fin y se puso de pie con esfuerzo, para mirar al encargado de relaciones públicas de Synaptic otra vez estrujando su sombrero entre sus manos—. Por mi parte estoy consciente, no puedo pedir más, en verdad ha hecho todo lo posible y se lo agradezco.

El hombre obeso se mostró más afectado esta vez, y también se puso de pie para caminar a donde estaba el anciano con los hombros caídos y consolarlo dándole palmaditas en la espalda.

—En verdad lo lamento, señor Vargas… no puede imaginarse cuanto me duele… —manifestó con la voz entrecortada—. En realidad esa no era nuestra intención en un principio… —musitó de un modo casi inaudible—. Pero usted sabe cómo salió… las protestas de los fieles… y a mediados del siglo XXI… a veces me parece increíble cuando se reúne la junta.

La noche estaba cubriéndolo todo con su negrura cuando el señor Vargas salió del edificio de Synaptic en el centro de Nueva York. El aire estaba cambiando, y ahora se sentía casi tan frio como el de la oficina del señor Carrasco. El anciano se colocó su sombrero luego de alisarse el cabello y caminó con el rostro triste a lo largo de la pared de un cantero elevado. En sus cercanías, sobre un pedestal de hormigón situado casi al pie de la construcción, se iluminó de improviso un letrero, como para darle la bienvenida. La luz del cartel lo hizo detenerse por un instante para leerlo, como si nunca lo hubiera hecho. El letrero decía en letras grandes en cursiva, “Synaptic”, y un poco más abajo, en una letra un tanto más chica, “Dando paso a la inmortalidad en la tierra para los hombres”.

El único problema era pues precisamente ese, según los tratados, los fieles no tenían permitido dar largas a su felicidad en el cielo para cambiarla por la vida eterna en la propia tierra; porque las iglesias y otras organizaciones religiosas comenzaron a preocuparse y no tardaron en hacerse la pregunta, ¿no pondría en duda eso la solidez de la propia creencia?

En fin, el inocente desarrollo de una tecnología de avanzada, pensada para traer la felicidad a los hombres, había dado lugar a un gran dilema y casi provocado una guerra.

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Por ahora me despido esperando haberles sido de utilidad, o por lo menos haber contribuido a un momento de esparcimiento al ofrecerles este cuento; en lo posterior colocaré más cuentos y relatos tanto míos como de otros autores, cuando me parezcan interesantes y sea posible hacerlo.

En caso de tener una obra y estar interesado en publicarla en este sitio, puede comunicarse conmigo por medio de mi correo electrónico; la dirección puede encontrarla en la página de inicio de este blog, y por mi parte trataré de atenderlo como se merece a pesar de mis limitaciones.

¡Hasta pronto!

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